Besos

Los rayos de sol que se filtran por la ventana provocan cierta armonía interior.

La chica tiene los pies cobijados mientras se sienta sobre su costado izquierdo con las piernas recogidas sobre la cama. No tiene prisa alguna, es quizá medio día pero allí no pasa nada. No hace mucho ella despertó y solo espera recargada sobre sus almohadones en la cama. Ella sonríe suavemente, casi imperceptiblemente. Algunos peluches pueblan la habitación. El sol llega hasta sus piernas y cae por el borde de la cama.

La música es casi nula, minimalista al extremo; pero atmosférica. No hay matices de ninguna emoción en particular. Es una espera, pero la espera no lleva consigo ansiedad ni prisa, si no indiferencia. Música indiferente, diurna, con cierta felicidad contenida, no es amorosa, es una espera feliz y quieta.

Él aparece por el lado derecho de la cámara.

La saluda y besa como de costumbre. Ella apenas se levanta para saludarlo. En ambos nace cierta dosis de ansias. Entonces ella mueve uno de los almohadones hacia la izquierda y saca debajo de ellos una bolsa plástica, quita el nudo y descubre un amasijo de tripas. Son tripas limpias de pollo revueltas con aceite aromático. Él se sorprende muchísimo, como arrepentido, pero al mismo tiempo se inmoviliza mostrando su verdadero interés. Ella mete las manos a la bolsa que ahora está entre sus piernas. Las agita con deleite mientras cierra los ojos. Abre después los ojos sorprendida y extasiada, e invita a su compañero a seguirla. Él duda un poco, pero el impulso que es más fuerte que su asco, y lo lleva a seguir las manos de ella.

Juegan como dos niños con los restos animales, sin sacar nada de la bolsa. Se agitan y ciernen uno al otro sin separar las manos de su inusual contenido, cierran los ojos y se besan apasionadamente en la boca. Después de unos intensos momentos, ambos tienen un orgasmo en misteriosa sincronía. Es una sensación lúbrica que los arroja de espaldas en sentido contrario uno del otro sobre la cama, liberándolos finalmente de la bolsa y su contenido.

La tibieza del sol sobre las sábanas blancas ofrece una melodía ante sus ojos.

Noche-Día

Lorena no llegó a dormir.

11:30 am. Llaman a mi ventana, podría ser ella. Abro la puerta y la saludo parcamente. Está desaliñada, además lleva las mismas ropas con que se fue el día anterior, eso me dice que no pasó la noche en casa de su madre.

Le sorprendió que yo aún estuviera durmiendo, "-es casi medio día..." cómo si no supiera que odio levantarme temprano; su comentario está totalmente desubicado, me produce rabia y una especie de risa interior. No me preocupo por dar explicaciones y mucho menos por pedirlas.

Ella solo se queda allí sentada en la cama para después acostarse a mi lado. El teléfono suena y recuerdo que tengo que llamar pronto. Esta tarde tengo que ver a Ivette, llevará al cine el par de libros que le he prestado, anoche concluí que ya era tiempo de recuperarlos.

Las mentiras son en realidad, verdades compartidas.

En la sala de espera

La compasión puede ser un impedimento para la supervivencia.
La noche se recibe con los ojos cerrados.

Retomando

Llego al puente que divide dos partes distintas del pueblo, es de madera y muy vistoso, un pequeño río corre por debajo. Balam ya estaba allí cuando llegué. 

Él toca la flauta de pico, toca una melodía muy sencilla que en realidad me parece intrascendente y vana. Lo saludo y me saluda con su aire de indiferencia. De pronto me da la flauta y descubro que se trata de mi flauta, aquella que usaba algunos años atrás.

Comienzo casi sin darme cuenta a tocar de oído la pieza que Balam tocaba hace unos momentos. Poco a poco la voy armando hasta que la tengo completa. Balam está allí mirando y escuchándome. Una vez que la tengo comienzo a repetirla, y cada vez que la toco me parece más rica y emotiva a pesar de su simpleza. 

Repito la melodía una y otra vez hasta quedar completamente conmovido. Estoy al borde del llanto, las notas me han parecido grandiosas, mi estado de ánimo se ha transformado radicalmente y me arrepiento de haber juzgado mal tan hermosa pieza. Miro alrededor pero Balam ya no está allí.

Ella dice Dale Dale

-Oye? Si tuvieras todo lo necesario para vivir y no te preocuparas por nada, ¿a que te dedicarías?

-...mmm, a vagar.

-¿A vagar?
   
-Si, a vagar.

Ella dice: "-Dale, dale..." cuando decide terminar la conversación por alguna otra ocupación, ya sea que hable por teléfono o mande textos por algún medio digital, Dale dale, ándale, ok, si, adelante.

Estira las manos y muestra sus dedos enternecedores, dedos que coronan unas pequeñas manos conmovedoras. Estira las manos y no dice nada a su interlocutor que está sentado justo en el otro sillón individual de la sala.

Él la toma de ambas manos con las suyas y trata de llevarla hacia si. Pero ella se resiste y solo sonríe.

-¿Quieres venir o quieres que vaya?

Ella solo muestra un poco más los dientes blancos de una maravillosa sonrisa.

-Esta bien, voy, hazme un lugar. Dice él.

Ella se levanta y le permite acomodarse a su gusto para después sentarse en sus piernas. Se abraza a él, se acurruca, y ambos toman el té de soya.

El té en esa sala siempre ha tenido el mismo efecto en ellos, un sopor delicioso que los obliga a cerrar los ojos y compartir lo estático del sitio junto con esa planta que funge de adorno a la vez que de mascota.

Ella queda desvanecida es sus brazos y él la sigue en un sueño compartido. Una puerta que se abre repentinamente en el sueño, los hace brincar al unísono, pero eso no es lo suficientemente fuerte como para despertarlos del todo. Cada cual por su lado, naufraga en un sueño casi involuntario. Él cabecea y ella abre la boca mientras las cosas, quietas allá afuera, ven la luz pasar por los polvosos balcones del lugar.

Ella no dice nada cuando decide terminar la conversación, simplemente cuelga el teléfono o con un parco y escrito “ciao” termina la conexión.

Tierra

Ojalá hubiera una planta que al mascarla te enseñara a confiar. Amo a la tierra, pero desconfío de la humanidad.

Error de cálculo

Alguien me dispara a quemarropa con una ametralladora, soy parte de un corporativo y he desobedecido las reglas. Estamos dentro del edificio, al mismo tiempo que me disparan, alguien más dispara a mi agresor con un arma similar. 

Mi cuerpo sufre pero a la vez se regocija por la venganza inmediata. Alguien más ajustó cuentas al mismo tiempo que ajustaron cuentas sobre mí. No sé si salí con vida o no, pero recibí apoyo inmediato.

Me tendieron una trampa y caí… Había agua sucia que caía en forma de lluvia. Traté de encontrar la fuente de la putrefacción. Me recordó a una bien conocida casa en ruinas. 

Encontré un niño y lo dejé pasar a un lado de las cosas que colgaban del techo por donde se escurría el agua sucia.

El Desayuno

Están sentados uno frente al otro, en la mesa del comedor. La luz invade el departamento de Casandra a través de una gran ventana a sus espaldas.

Hace un momento preparaban juntos el desayuno en la cocina. Es un departamento compacto en una zona privilegiada dentro de la inmensa urbe, cerca de muchos atractivos al sur de la ciudad.

-¿Dos o tres?- Pregunta él.

-Tres.- Responde ella después de pensarlo por un breve momento.

Preparan bocadillos con los víveres que ella almacena en la despensa. Es el turno de David para hacer uso de la estufa y es él quien ahora decide como preparar con lo que empezarán el día.

-Se me ocurre hacer quesadillas completas y partirlas por la mitad con el cuchillo.-

-No, yo las quiero artesanales las prefiero así.- Contesta ella con cierta sonrisa guardada.

A David siempre le ha parecido que Casandra trata de imponerse de cierta manera, o mejor dicho, de que nunca acepta una buena sugerencia por temor a aparentar tener un carácter débil.

Él sirve el alimento en un plato central de la mesa mientras ella saca pequeños platos cuadrados del anaquel de los trastes y acerca algunas servilletas, manteles y un tenedor para cada uno.

-¿Quieres café?- Pregunta ella, y él responde indeciso que sí. Casandra se levanta de la mesa y prepara la cafetera. Lleva lentamente el contenedor del café hasta la nariz de David para que él pueda olfatearlo y saber si es o no de su agrado.

En el aire hay cierto silencio apacible. Nadie dice nada pues ninguno de los dos siente la necesidad de hablar. Hay un silencio cálido, casi acogedor.

Ambos tomaron una ducha por separado antes del desayuno. Sus cuerpos están aletargados por el agua caliente. La intensa actividad sexual de la noche anterior y de esta mañana les provoca esa sensación parecida a tomar el sol sentados en una piedra en el campo una tarde con aire frío pero con sol radiante. Quizá ya sea medio día y ellos están ingrávidos.

-Es de Chiapas, lo compró mi madre.- Dice Casandra sosteniendo el contenedor para él, quien aprueba el café con un gesto casi indiferente.

La cafetera está funcionando y cada uno está ensimismado, pero a la vez se miran sin reserva alguna mientras comen.

Ella ha traído el café y lo ha servido solo para él en una pequeña taza con un diminuto plato cuadrado en la base. Ha acercado la azucarera y se sienta a terminar su ración.

-¡La cuchara para la azúcar!, ¡la olvidé!, en seguida voy.-
David piensa que él puede ir por la cuchara y como despertando de un sueño a ojos abiertos, trata de levantarse de su silla; pero Casandra ya ha atravesado el umbral de la cocina y con una disculpa le pone la cuchara sobre la mesa.
Él piensa para sus adentros que no era necesario y que él pudo haber ido por la cuchara de cualquier modo, evitando que ella interrumpiera su desayuno.

-Que bella vajilla tienes aquí, ¿la has comprado recientemente?- Trata David de hacer un cumplido en agradecimiento mientras sostiene la taza de café y la mira.

-No, es la de siempre, ¿es que no te acuerdas? Hace bastante tiempo que no vienes.-

David exterioriza lo que por su mente está pasando en ese momento, cambiando abruptamente de tema y preguntando a Casandra si acaso no le gustaría escribir una novela.

Para David, dentro de su mundo esa mañana es peculiar. Le parece que todo es un filme que ante sus ojos acontece. Siente la ausencia de algo que generalmente mantiene una parte de él sumamente ocupada. Ahora que se haya libre de “esa ocupación” se siente aliviado pero al mismo tiempo desconcertado. Pareciera que ve el mundo en ausencia de su yo, desde un nuevo punto de vista.

-No lo sé, no se me ocurre. ¿Una novela de qué?- Dice Casandra mientras carga con el tenedor un pequeño trozo de lechuga, tiene cierta sonrisa en la cara y la mirada fija en David. Él ha volteado a verla a los ojos justo en el momento en que ha respondido a su pregunta.

-¿Quieres probar mi café?- pregunta él acercando la taza para que Casandra pueda tomarla. Ella duda pero finalmente la toma.

-¿Tiene azúcar?-

-Sí, un par de cucharadas, quedó bien. Pruébalo.-

Mientras ella toma el café a David se le ocurre que las sensaciones son debidas a los orgasmos de la noche anterior. Que de alguna forma en su cerebro o en el ambiente, ha quedado esparcida la sustancia de su ausencia, liberándolo de cierta prisa que generalmente aniquila su tranquilidad.

La tarde anterior cuando ella llamó para invitarlo a su departamento, le comentó que había pasado unos días en casa de sus padres celebrando su propio cumpleaños y David, en un gesto de justificación y a la vez de cortesía, se disculpó por no haberlo recordado. Pero ella no es del tipo de chicas que les lastima el que su cumpleaños no sea recordado. De todas maneras, mientras lo hacían la noche anterior sobre la duela y encima del edredón que allí colocaron, David recordó la fecha exacta y se la dijo. Ella a su vez, confesó no recordar la fecha del cumpleaños de David y en el mismo acto sexual se lo preguntó. Pero David la hacía adivinar mientras la penetraba lenta y repetidas veces al tiempo que ella emitía sonidos de placer, haciendo ver la escena perversa y a la vez divertida. Finalmente, después de varios intentos, ella llegó al orgasmo sin adivinar y él le dijo la fecha exacta sin más ni menos.

Para David todo el acontecimiento del desayuno parece una puesta en escena. Puede perfectamente ver la escenografía, las luces, los personajes, él mismo se siente un personaje. ¿Acaso será esa peculiar forma en que Casandra lo mira? ¿Será ella quien lo dota de esta nueva visión de sí mismo donde percibe la ausencia de su yo, y en su lugar se siente un personaje de cierta novela no escrita? Quizá ella guarda la respuesta. David decide hacerle saber su sentir para descubrir si ella navega por la misma veta de pensamiento.

-Casandra, me siento peculiarmente ausente de mí mismo esta mañana. Pareciera como si todo esto fuera una puesta en escena donde ambos somos personajes con un guión predeterminado. ¿En qué momento dejé de ser yo mismo y entré a esta novela que nadie ha escrito aún? ¿En qué momento fui partícipe de la ruptura de mi cotidianeidad? ¿A caso no viene a ti alguna idea o sensación similar?-

Casandra tiene recargados los codos sobre la mesa mientras bebe de la tasa tibia. La abraza con sus manos que tratan de absorber el calor del líquido. Mientras toma en pequeños tragos el dulce café, mira a David con sus ojos azules, claros y chispeantes. Ella responde:

-¿Cuándo es tu cumpleaños?

El Demonio de la perversidad con corazón delator

Un famoso cuentista norteamericano que con el tiempo adquiriría fama mundial; escribió repetidas veces sobre ciertas peculiaridades humanas a las cuales describió como demonios. En la época que vivió y en la cual escribió al respecto, no fue tan aclamado como después indiscutiblemente sería por este tipo de historias.

Los demonios pueden interpretarse de múltiples formas; les han creado imágenes y mitos, se les ha temido y aún se les teme en algunos templos o incluso fuera de ellos. Todo el mundo sabe de la existencia de estas criaturas, los aceptan y los niegan al mismo tiempo porque los confunden con ellos mismos.

Una batalla interna es lo que hace sucumbir hasta el más grande imperio, dicen por allí, y de existir una entidad no humana que pudiera habitar y alimentarse de los hombres tal cual parásito de cualquier organismo viviente, ¿no habría ya suficiente historia humana como para argumentar que a través de todo este tiempo siempre ha padecido de la misma enfermedad?, ¿y que al mismo tiempo la ha atravesado sin poderse aliviar de una vez por todas de ella? Queda claro que el hombre si es una entidad capaz de alimentarse cual parásito de cualquier organismo viviente. 

La única cualidad humana es su ser omnívoro. Destruir es su mandato, destruir con su estómago, con sus manos, depredador por naturaleza, ¿será esta su condena real?, ¿una batalla interna?, ¿perpetua? Su naturaleza y costumbres lo han aniquilado. ¿Por qué un imperio debe sucumbir? ¿A quien más si no a los humanos se les ha ocurrido semejante cosa llamada Imperio?

Esta clase de demonio, el demonio hombre, es de lo más astuto que se pueda definir, aunque en realidad esta afirmación más que cómica es redundante, ya que todo lo que el hombre cataloga queda dentro del espectro del hombre mismo.

Eran las seis de la tarde pasadas de un día de primavera en la caótica ciudad capital. El cielo se había iluminado de manera espectacular desde muy temprano. El sol resplandecía como en esos parajes rurales donde los colores adquieren más intensidad que en cualquier ciudad. Hay días en que los lugares nos parecen otros, a pesar de que ante nuestros ojos se encuentren las mismas cosas, todo es cuestión de la intensidad de la luz del sol.

A David le daba lo mismo si se nublaba o no, pero no pudo dejar de advertir la claridad con la que el día se vestía. Su humor le pesaba bastante ya, en su rostro se notaba la insatisfacción que por las calles casi todos llevan debido a esa prisa estúpida que los habita. Lo extraño es que él no solía padecer prisa alguna. De alguna forma siempre se las había arreglado para vivir fuera de los horarios fijos, de las cansadas jornadas laborales, del terrible tráfico vehicular, y de mil cosas más que pululan la ciudad como un hervidero de insectos alimentándose de un cuerpo en putrefacción.

No tenía por qué culpar, de su pésimo humor, a su hambre o a sus horas de sueño, ambos ciclos los tenía en un régimen controlado. Hacía un tiempo había dejado las conocidas sustancias que tan trilladas por su ilegalidad parecían ahora en boga y que mantenían a gran parte de la población adormecida e impotente contra los designios de cualquier gobierno. Por mera curiosidad comenzó a consumir algunas sustancias años atrás , entre ellas la cafeína a la cual le había tomado un gusto bastante recurrente. Ninguna de estas sustancias poseía la cualidad de generarle una verdadera adicción y por lo mismo, una verdadera dependencia fisiológica.

En su mundo ideal, no cabía la pereza ni la pérdida de tiempo. Solía ser bastante severo consigo mismo y con todas las personas que lo conocían. Pero de eso ya hacían algunos años...

David se preguntaba por qué vivía, se preguntaba por qué aún tenía la vida. Sabía para sus adentros que toda aquella severidad y diligencia con la que pretendió vivir algunos años atrás, no le habían servido de mucho, pues en los actos realizados se reflejaba la verdad, no solo en su actitud obsesiva. Lo que había logrado a sus veinticinco años no era mucho, aunque para él, semejaba haber pertenecido al pelotón militar, o a una logia.

Así que ahora vivía sin contar el tiempo. En el mundo hay infinidad de cosas por ver, pero, ¿acaso uno debe mirarlo todo? Se cuestionaba mientras caminaba por su habitual acera en busca de un bocado... Quizá jamás se imaginó que encontraría a María precisamente en el mismo camino.

El Instituto

No he podido aguantarlo más y mi madre ya no estaba como para seguir soportando semejantes estupideces de su socio Pérez, además, los del instituto parecían no tener respuesta aún, como es tortuosamente habitual. Decidí no decirle nada a ella, me despedí y me dispuse a actuar por cuenta propia.

Esa misma tarde había quedado de ver a mi amigo Henrry, quien hace poco tuvo un accidente en la motocicleta; afortunadamente solo le enyesaron una pierna.

Busqué al "Mongol", me quedaba de camino, él y el Kiko siempre fueron los más fuertes. Este último, desafortunada o afortunadamente, se fue a California a buscarse la vida, tal cual muchos mexicanos hacen como alternativa.

En su taller reparaba una motocicleta con sus ayudantes, al principio fingió no reconocerme pero después y a manera de disculpas gritó: -¡Secuaz, cuanto tiempo sin vernos! ¿Que tienes de nuevo?

-La situación es muy simple. Hay un viejo que se está pasando de la raya con la familia. Necesito un par de culeros que lo pongan en su lugar. Solo necesita unos madrazos, el tipo trabaja en mi beneficio pero ha empezado a hacer algunas estupideces que no toleraré más.

-A ver a ver guero, no te precipites. ¿Quieres madrear a un pinche viejito?

-No precisamente “madrear”, solo quiero que le pongan unos madrazos que le aflojen el mastique (con el Mongol en necesario saber la jerga para comunicarse). Nada de hospital, nada de cortadas; putazos directos a la cara y listo, donde se note para que se acuerde cada vez que se mire al espejo.

El Mongol me llevó a las afueras del taller para que sus ayudantes no se enteraran de los detalles.

-¿Y qué? ¿Así nomas madrearlo y ya? Preguntó con cierto interés en el rostro, agregando después como para ocultar cierto júbilo infantil: -Quien te crees o qué pinche guero.
   
-Solo quiero amenazarlo, decirle lo siguiente: Pinche viejito de mierda, si no te apuras con los putos trámites te va llevar la verga, te sacamos de tu puto nido de ratas a punta de madrazos.

-¿Y donde vive?

-A unas cuantas calles de aquí, en una vecindad.

-Pues mira guero, yo ya no hago esos trabajos y menos si “el cliente” vive en la misma colonia que nosotros, pero tengo un par de compas de Santa Julia que podrían ayudarte si les das unos quinientos varos, ¿cómo ves?.

-Suena bien, pero necesito que me dejen al viejo vivo, que no se pasen de verga pero si que le den un buen susto.

-¡Papas guero! Ya rugiste, nomas que te va a salir en el doble, la otra mitad es pa mí.

-Muy bien, te daré la primera mitad mañana junto con una foto y la dirección para tus compas. Necesito que sea un día particular, traete a los culeros y yo les explico bien a ellos.

El Mongol cumplió su palabra como culero profesional que es y dos días después, conocí a Esteban y Camilo. Me dieron un número al cual llamar el día que pactamos para darles la señal de que podían actuar; los muy lacayos me pidieron el dinero por adelantado pero me juraron cumplir, dijeron que ese era un trabajo de niños. Les pedí una semana y solo les pagué la mitad.

Ese mismo día pregunté a mi madre si Pérez estaba en la ciudad y ella respondió que si, que acababa de llegar de San Luís. Seguí al viejo durante toda la semana. Descubrí sus horas habituales de llegada y salida que no eran para nada predecibles pero guardaban cierta sincronía cuando volvía del instituto y las reuniones.

La vez que hablamos en su automóvil me pareció de lo más falso y manipulador que pueda existir. Desde entonces ambos supimos que éramos incompatibles. Cada vez que le reclamé por la basura afuera de su casa, sospechando que sus inquilinos ilegales eran los culpables, fingió como rata que es y no le importó. El día que los mismos inquilinos trataron de abrir la puerta de nuestra casa para robarnos, él, casualmente, estaba de viaje. Mi madre le reclamó a gritos en cuanto lo vio. Después ella y yo tuvimos una discusión por la gente que invade ese espacio el cual costó tanto trabajo desocupar de otro grupo de invasores hace ya varios años. Descubrí entonces que ella estaba bajo su dominio por decirlo de cierta forma y que no podría hacer mucho incluso si se quejaba con la antigua dueña del predio; ahora solo mi madre y él eran responsables, pero de ninguna manera él estaba haciendo las cosas correctas y si “acaso era el caso”, al afectarme y no escucharme, estaba cometiendo un grave error.

Llamé a los culeros, pactamos el día. Para mi sorpresa se presentaron puntualmente, eran justo las ocho de la noche, quedamos de vernos en el parque de Santa María, les pagué completo esta vez. Esteban me parecía hasta cierto punto gracioso, pero Camilo cargaba algo en la mirada y la voz que en verdad me parecía atemorizante. Les dije la advertencia que tendrían que poner sobre él después de los golpes.

Pérez vendría por el eje uno norte a pie y solo. Algunas personas estarían por allí, pero sin dudarlo, no significarían problema alguno. Me situé a tres calles de distancia y esperé pacientemente en la bicicleta, los culeros estaban justo enfrente de la calle donde él pasaría. Lo vi pasar algo más apurado de lo normal e inmediatamente di la señal. Los vi a la distancia cruzar la calle, uno llegó por enfrente y el otro por la espalda. Justo llegaba a la esquina y por un momento dudé que lo dejaran dar la vuelta; lo cual significaría que habría testigos de riesgo si lo permitían, pero al llegar al árbol que está frente a una jardinera, Camilo, quien venía de frente, pareció preguntarle la hora, él accedió y por detrás Esteban lo golpeó justo en las costillas del lado derecho haciendo que se doblara casi instantáneamente. Rápidamente Camilo lo golpeó en el lado izquierdo de la cara y después el derecho a puño cerrado. Esteban lo arrodilló frente a Camilo que fue quien aparentemente le dictó la sentencia. Tres golpes más de Camilo en el rostro y después, ya en posición fetal sobre el suelo y sangrando, Esteban lo pateó y escupió un par de veces más.

Fingí no ver la escena. Una señora con sus dos hijos se detuvo y después de mirar por un breve momento siguió su camino como rehusandose a aceptar lo que había visto. No pareció verme.

Volví inmediatamente al kiosco de la alameda para relajarme y allí esperé por un par de horas en un café donde venden una deliciosa rebanada de pay de limón. Los culeros habían cumplido su palabra y yo había pagado sus servicios, un enorme júbilo que invadía, algo así como una gran risa que se resiste a salir.

Visité esa misma noche a mi amigo Henrry y la pasamos bastante bien, a tal punto bien, que casi se me olvida lo que había ocurrido horas antes. Volví a casa por la calle contraria al eje y todo allí pareció de lo más normal, mi madre me saludó con cariño.

El optimista, el payaso y el cínico

Un par de estudiantes se saludan después de concluido el curso del día en esa tipo despedida y charla multitudinaria que siempre se lleva acabo casi sin quererlo al final de las clases.

Él lleva un trípode en su maleta que apenas cabe a la mitad, dejando ver el resto al aire. Después de reconocerse y saludarse, ella pregunta:
   
   -¿Iras a tomar algunas fotos? El responde que sí y ella agrega:
   -Yo nunca he tomado una sola fotografía con trípode.

   -Es que tu eres muy talentosa. Responde él sabiendo que ella para nada es la mejor fotógrafa del mundo.


Ella ríe nerviosamente y él mira distraídamente hacia otra parte.

Las calles del centro

Karina pagó nuestra cuenta y recibió su cambio dejando ver en su cartera varios billetes de denominación alta. Colocó una generosa propina y el mesero nos despidió con gusto a pesar de ser los últimos en abandonar el restaurante. A ella no parece preocuparle mucho el dinero, vive sin pensar en ello y de alguna manera eso es admirable en estos días.

   Pensamos que estaría cerrado el centro pero tuvimos suerte al encontrar ese lugar abierto a la hora que llegamos. El vino nos ha complacido y las tapas también. Decido tomar la calle Juárez para volver a su casa y ella no se opone, hemos venido a pie.

   Su caminar es bastante apresurado. Las casas están totalmente solas, bastante oscuras y no se oye más que el sonido de algunos coches atravesando las calles aledañas. Solo nos acompaña nuestra charla que por fortuna siempre es interesante. Le he pedido un cigarrillo y ella se ha detenido para buscar en su bolsa.

   A lo lejos puedo ver un par de siluetas que vienen en nuestra dirección. Por un momento siento cierta alarma y se me antoja decirle que olvide el cigarro y nos apresuremos a llegar a su casa que no está lejos. Encuentra el cigarro pronto y me lo acerca. Los extraños se acercan más aún y ella no se mueve porque está buscando el encendedor. Finalmente lo saca de entre sus cosas y seguimos nuestro camino. No he querido preocuparla mencionando las siluetas que quizá, al igual que nosotros; vienen de algún bar o café del centro.

   Al girar en una de las calles un tipo nos intercepta. Deja ver una pistola al mismo tiempo que nos pide todo el dinero que traigamos con nosotros. Ni ella ni yo nos miramos; nos hemos pasmado. Él levanta el arma y suelta un tiro al aire para amedrentarnos y mostrar que habla en serio. Tanto Karina como yo buscamos nuestras billeteras que sin quererlo caen al suelo con misteriosa sincronía y de allí las levantamos para entregar después el dinero a nuestro agresor.

   Al darse cuenta que la suma es bastante considerable, encañona el arma hacia nosotros y nos pide acompañarlo sin hacer ningún movimiento brusco.

   Hasta este punto comienzo a tener miedo verdadero. Cierto pánico crece en mí, pues siento que no terminará el asalto tan pronto como lo había pensado.

   Nuestro captor nos lleva hasta las puertas de un viejo teatro abandonado donde hay más tipos con sus mismas características. Es un lugar tomado, un refugio de ratas, una guarida improvisada; no tenía idea de que existía un lugar así a los alrededores. Alguien más nos abre la puerta mientras nuestro secuestrador sigue apuntándonos con su arma. Al mismo tiempo, él habla desde un celular y presume su hazaña a alguien más.

   -Al menos unos cien mil pesos por cada uno de estos me voy a sacar. Dice al teléfono mientras nos mira como si fuéramos ganado. Después otro hombre nos conduce hacia una habitación pequeña que tiene una cama individual donde aparentemente esperaremos.

   Para mí es inconcebible esta situación, Karina está muda y yo no puedo creer que esto esté sucediendo, simplemente no lo acepto y no lo aceptaré, por más obvio que sea.

   Me acerco a la cama y me siento mientras el hombre sigue al teléfono a la distancia. Cierro los ojos y me niego a aceptar lo que sucede, a estar donde me encuentro; en la situación que me encuentro. Entonces siento un sobresalto que me obliga a abrir los ojos.

   Despierto y Karina está a mi lado, desnuda; apenas cobijada con la sábana de color púrpura. Estamos en su habitación, hace algunos minutos que ambos nos quedamos dormidos después de fumar un poco y hacer el amor... ahora lo recuerdo. Llegamos agitados de la caminata nocturna por el centro.

   Mi satisfacción es inmensa mientras escucho a su perro rasgar con sus patas la puerta del cuarto, por alguna razón sé que la pequeña mascota se ha dado cuenta de que recién llego a esta vertiente de la realidad. Karina duerme y me alegra que esté bien. Pienso entonces con enorme asombro en las posibilidades de la noche.



Gallus Metallicum

Fui forjado en el calor más intenso, en el fuego más constante, vivo; inagotable. La sustancia que me componía se regocijaba de vida y plasticidad en aquella caverna ardiente. La dicha y el júbilo no tenían comparación alguna. La vida solo me pasó, tal cual ocurren los acontecimientos sin mucho sentido; pero el poder que contenía era incomparable, irrefrenable e irresistible.
   Siempre han existido moldes, ¿quién creo el primer molde? ¿tiene sentido la pregunta? Fui vertido sobre mi molde inevitablemente, tal cual la gravedad atrae los cuerpos hacia la tierra. Conocí entonces mis límites físicos, mis alcances espaciales. El tiempo nunca fue un problema; mi propia naturaleza me hacía el maestro del tiempo.
   Gocé de la vida más pura mientras me formaba, el fuego me cubría todo, bebí el fuego, me alimenté del fuego; el fuego y yo fuimos uno. Luego después, yo era el fuego mismo.
   El candor que me alimentaba, la veloz vida que me movía; fue repentinamente cesada. Mi cuerpo todo se llenó de una sustancia helada, ágil, cubriente y a la vez densa. Sentí entonces el frío más grande que puede sentirse. Algo en mí se transformó para siempre... catarsis, tragedia. Todo mi cuerpo se recubrió de dicha sustancia que poco a poco endureció mi ser.
   Pero mi vida no terminó allí. Cuando aquella transformación finalizó, aún estaba consciente. Me hallé envuelto en la más extraña de las sustancias hasta entonces vistas por mí. Podía respirar con dificultad y apenas veía poco más allá de mi propio cuerpo. Algo en mí había muerto definitivamente, pero a cambio; un frío pesado me hacía sentir fuerte, reconfortado.
   Poco a poco la nube aquella se disipó. En mi memoria aún existía la gloria de mi principio, de mi creación. Aquel letargo quemante era ahora una rigidez aplomada. Aquella inconstancia de mi ser se hallaba resuelta en una magnífica estructura; una estructura tan fuerte que ni el cristal, la madera o incluso la piedra poseían. Me descubrí entonces indestructible.