Perry Ellis en el Café de altura

El día que Elena se dio cuenta que semejante cosa era posible, rondaba el parque distraída como cualquier persona común y corriente. Caminar sin sentido por las calles de su colonia se había convertido en una afición poco común. A sus diecinueve años no tenía las mismas aspiraciones que cualquiera de sus coetáneas, había sido relegada por sus compañeros de escuela al ser demasiado callada, excesivamente tímida y exageradamente obstinada. En efecto, la negación era su respuesta favorita para cualquier cosa.

Casi sin pensarlo, se introdujo al Café de altura como habitualmente habría hecho para obtener su preferido mokaccino. El café estaba ubicado sobre otro negocio y para llegar a él, era necesario subir una veintena de escalones. Ya dentro notó que la fila para ordenar era larguísima. Dudó si sería mejor salir del lugar, volver a su rondín, o incluso marcharse a casa, pero justo en ese instante se dio cuenta de que su vejiga tenía la cantidad necesaria de contenido desde hacía un buen rato, así que inevitablemente prefirió el camino al baño. Después de atravesar algunas mesas del fondo, se encontró ante un par de puertas de madera sobre las cuales descansaban colgados los respectivos distintivos entre los baños de las damas, y el de los caballeros.

Tomó la manija para corroborar si alguien se encontraba allí, lentamente la giró a modo de prueba sabiendo que si cedía significaría que nadie la había cerrado por dentro, y por lo tanto podría rápidamente deshacerse de la creciente acumulación de orina. La manija cedió y Elena adelantó un paso al frente solo para escuchar un apagado grito proveniente del interior ¡Está ocupado! Gimió una mujer que se levantó del asiento y cubriéndose con una mano los genitales, empujó con la otra la puerta.

Después de retroceder, se sintió algo apenada por haber mirado sin querer, pero notó también que dicha imagen había puesto en su cuerpo una creciente elevación de temperatura. Sus piernas habían comenzado a generar calor, un calor proveniente de su interior. Sus mejillas gradualmente comenzaron a ruborizarse, sus piernas perdían poco a poco la fuerza, sus orejas se colorearon también; era una mezcla entre vergüenza, deseo y ganas de orinar. Tengo ganas, tengo ganas, se dijo como reiterando lo que su cuerpo ya manifestaba efusivamente. Qué estúpida esta vieja que no le puso seguro a la puerta, ¿por qué no sale si ya me vio?

Para su suerte, alrededor no había nadie más esperando los baños y quizá no tendría que esperar tanto. Todas las personas que no ocupaban las mesas, esperaban formados en la fila de la caja para ordenar, o para pagar sus respectivas bebidas. Así fue que Elena, después de barrer con los ojos el lugar, giró la manija del baño de los hombres y se adentró lo más velozmente que pudo para descargar su vejiga. Tomó asiento y sin el menor esfuerzo, un chorro ininterrumpido golpeó apresuradamente la pared interna de la taza creando un sonido agudo y casi violento. ¡Mierda! se dijo un instante después, sin poder levantarse, ¡el seguro! Y justo en ese momento se escuchó el excusado contiguo activarse. ¡Carajo! ahora el de mujeres está vacío y yo aquí, pensó mientras escuchaba el sonido de su propia orina interminable. Lo más probable es que alguien venga a mear y me encuentre aquí abierta de piernas sin poderme controlar. Elena continuaba orinando. Pero nadie se acercaba siquiera a la puerta de los baños.

Poco a poco recobró la compostura y su cuerpo se relajó. Cerró los ojos y se sintió como en ninguna otra parte de su pequeño universo, percibió en su interior como si las cosas se hubieran detenido, como jamás se había sentido nunca. Sentada aún con los calzones en los tobillos y la falda arremangada, había dejado de orinar. Libre de la última gota, no le importó haber irrumpido en un lugar que sabía no le correspondía, en una emergencia cualquiera hubiera hecho lo mismo, se consoló. Entonces supo que su rondín del día estaba terminado, que había llegado a su destino, era el baño de los hombres en el Café de altura.

Sin prisa alguna y aún sentada se recargó sobre el depósito de agua a pesar de estar un poco frío e incómodo. Cerro los ojos e imaginó que algún “caballero” se atrevería a abrir en cualquier momento la puerta y mirarle el sexo expuesto. La imagen de ella entrando al baño, encontrándose a sí misma semidesnuda, fue suficiente para encender su deseo, el deseo de tocarse allí mismo. Existía ya un nuevo elemento que la incitaba más allá de lo normal, la manija sin seguro arrojaba el ingrediente perfecto, dejando una nueva posibilidad al azar. Lentamente comenzó a sobar su clítoris expuesto al aire, con los dedos índice y medio lo sujetó, para después sin soltarlo hacer una ligera presión hacia su pelvis y comenzar a girar en el sentido de las manecillas del reloj.

Ya en el parque lo había intentado alguna vez, los vagabundos que allí rondaban comenzaban a mirarla con sospecha pero eso no era un problema para ella, con gusto incluso habría levantado la mochila y la falda que escondía su mano para que alguno de ellos corroborara sorprendido lo que había imaginado. El problema era que una vez descubierta, Elena perdía total interés en el asunto, tomaba sus cosas y se iba como si nada a casa. Ahora, a sabiendas que en cualquier momento la puerta sin seguro se abriría, había un incentivo extra que la llenaba de alegría y gozo, el momento se prolongaba indefinidamente o que quizá no ocurriría, procurándole así la posibilidad de concluir su tarea en un estado de excitación elevado.

Mientras ella se masturbaba en el baño de los hombres, uno de los clientes dejó su bebida sobre la mesa junto al periódico que leía, y se levantó. Justo cuando cruzaba el punto medio del lugar, Elena tuvo un orgasmo sobre el excusado, un orgasmo como ninguno, un orgasmo que la fulminaba, recargada sobre la caja de la taza, casi extasiada. Javier, como se llamaba él, tendría unos cincuenta y tantos años de edad, iba vestido como motociclista, con chamarra de cuero y pantalones negros deslavados y rotos. Abrió la puerta y la encontró allí, desfallecida. Un instante antes de que la puerta se abriera, Elena aún movía su mano derecha, giraba muy lentamente como meciéndose a ritmo de una canción de cuna.
            
Javier tuvo la impresión de que se había equivocado, pero cuando corroboró el letrero sobre la puerta y abrió de nuevo mirando atónito aquel paisaje de belleza absoluta, tuvo una inyección de adrenalina instantánea. Sintiendo una sorpresa tal, Javier se dejó llevar por el creciente júbilo interior, y algo parecido a un exacerbado morbo lo condujo hacia el interior del baño. Tras presionar el seguro detrás de sí, dudó un poco de lo que estaba a punto de hacer. Se dijo a sí mismo sabiendo que mentía, que la razón de haber entrado al baño era saber si la chica aquella se encontraba bien. Si... eso diría en caso de que alguien lo descubriera, pero... ¿se encontraba bien? Se preguntó. Elena se hallaba en el puente entre la vigilia y el sueño.
            
Como atraído por un imán, Javier se acuclilló y clavó la mirada en la zarza abierta aún, roja y lúbrica. A su edad había contemplado ya todo por ver respecto a la desnudez de una mujer, pero jamás había visto algo semejante, y mucho menos en aquel lugar. Comenzó a olfatear lentamente, acercando poco a poco el rostro entre sus piernas. Para entonces escuchó cómo la chica respiraba lenta y apaciblemente. Sus manos comenzaron a temblar de nerviosismo, su corazón latía apresuradamente. Podía percibir un perfume dulce y juvenil, un aroma conocido, Perry Ellis se dijo, pero además de eso, el almizcle de un cuerpo joven emanando de una llaga viva. Sobre el rostro de Javier, radiaba la vida misma.

Un crustáceo flaco y baboso se asomó lentamente por su boca. La mandíbula floja, evidenció nuevamente su nerviosismo. Alargada a su máxima longitud, tocó apenas con la punta de la lengua la frontera entre el orgánico botón erguido aún, y su capuchón. Sus papilas gustativas comenzaron a producir una sensación de revuelo. Todo su cuerpo vibró en un solo movimiento, un cosquilleo como de corriente eléctrica provenía de la chica y llegaba hasta su cerebro. La lengua fija, inmóvil, sobre el mismo punto, servía de puente entre ambos cuerpos, el joven, y viejo. Javier sintió sus pantalones reventar, la parte baja de su pene estaba en contacto directo con el algodón de su ropa interior. Bastaría un ligero roce para hacerlo eyacular.
Fue entonces que Elena tomo plena conciencia de lo que estaba pasando. Levantó el cuello despacio y miró hacia abajo. Javier no tomó cuenta de que esto estuviera ocurriendo, porque su lengua había comenzado a moverse de arriba hacia abajo. Entonces golpearon a la puerta con fuerza. ¡Aquí hay fila!, ¡Ya corta la cuerda! Ambos se sobresaltaron inmediatamente, parecían haber olvidado en dónde se encontraban. A pesar de su atrevimiento, Elena miró con dulzura a Javier y preguntó ¿Cómo te llamas? Él no supo qué contestar y rápidamente se incorporó para colocarse frente al espejo. Se lavó las manos y con las mismas se mojó el rostro repetidas veces. Elena se levantó también y colocándose los calzones salió del baño como si nada hubiera pasado.

Hijo de la chingada, estaba cogiendo aquí en el baño, dijo un tipo con aspecto de rapero. Y mira con qué morrita el muy cabrón. Javier salió a continuación de igual forma, sin siquiera mirar a quienes esperaban en fila. ¿Cuánto tiempo habría pasado? Se preguntó sin poder responderse, y tomando de su café frío se puso el periódico enfrente tratando de disimular el evento lo más posible.

Pasaron dos semanas para que Javier volviera a ver a Elena por las cercanías del Café de altura. Dudaba que las personas de servicio se hubieran enterado, pero apenas lo veían, él bajaba la mirada y continuaba pidiendo sus bebidas con los ojos anclados al suelo; aún así, no dejaba de ir al café en busca de aquella extraña criatura de la que ahora se sentía completa y absolutamente enamorado.

Su cuerpo se había habituado al recuerdo del aroma aquel, de la textura aquella. Por las noches se masturbaba pensando en Elena, sin siquiera saber su nombre. Hablaba con las personas que conocía de los alrededores, y les preguntaba si habían visto a una chica con esas características. Concentrado, mientras bebía café una vez más, sintió que lo miraban a la distancia. Dejó su mirada en el periódico recién doblado sobre la mesa y se negó a voltear. Por supuesto que algo había de particular en esta mirada, así que Javier tuvo que voltear, pero no pudo ver a nadie mirándolo, la dirección desde donde la sensación provenía, apuntaba a la nuca de un hombre que parecía compartir la mesa con su familia. Volvió al periódico pero sintió una vez más la mirada y esta vez tenía más fuerza. Se preparó para voltear con disimulo y allí estaba, era Elena, acompañada de sus padres.
Javier sintió sus papilas gustativas producir una sensación de revuelo. Todo su cuerpo vibró en un solo movimiento, un cosquilleo como de corriente eléctrica le invadía la lengua, su corazón latía velozmente. De manera un poco torpe se levantó de su lugar, y sin mirar a la mesa donde Elena se encontraba con su familia, se dirigió hacia el baño.
            
¿Quieren ordenar otra cosa? Preguntó amablemente el padre dándole movimiento a sus largos bigotes blancos como de morsa, mientras sonreía a su esposa e hija. No, yo estoy bien, dijo la mujer. No..., yo tampoco dijo Elena como dudando algo. Quizá solo necesito ir un momento al baño. No te tardes nena, espetó su padre cuando ella le daba la espalda ya. En ese instante se detuvo, solo para continuar con su paso hacia los baños. Sus mejillas gradualmente comenzaron a ruborizarse, sus piernas perdían poco a poco la fuerza, sus orejas se colorearon también; era una mezcla entre vergüenza, deseo y ganas de orinar. Serían quizá las cuatro de la tarde. En el café sonaba una canción

She came in through the bathroom window
Protected by a silver spoon

But now she sucks her thumb and wanders
By the banks of her own lagoon

Didn't anybody tell her?
Didn't anybody see?

Agitada pero muy en sí, Elena se introdujo al baño y se aseguró de dejar el botón de la puerta suelto.

Merecedores

Es aterrador que la seguridad de la mayoría de los hombres, consista en su alto grado de ignorancia, y que aquellos otros hombres que han atravesado los umbrales de esa "ignorancia normal" se consideren por tanto un peligro, hombres merecedores de su muerte, no por ellos mismos desde luego; sino a los ojos de aquellos los burlados, Los ignorantes normales. 

Porque como siempre, merece ser condenado aquello que no se comprende, y que tarde o temprano será revelado en la cotidianidad social, primero en uno, después en varios, luego en todos.

Alerta Amarilla

Esta tarde, después de ayudarme a imprimir cuatro juegos de copias, Pamela me comentó que en el edificio de enfrente había muerto una persona, que alguien de servicio le había dicho que desde la azotea se podía ver un cuerpo. Le pedí entonces que subieramos. Se trataba de un trabajador. 

En la parte alta de la construcción que celosamente anunciaba "Diseño exclusivo de Luís Barragán", se podía ver cubierto con una sudadera azul, el cuerpo de un albañil junto a unos castillos inacabados. Se dijo que accidentalmente había sido electrocutado. 

No había llegado el peritaje ni la policía aún. Muy probablemente las varillas alcanzaron los cables del poste desde el tercer piso en construcción haciendo tierra y permitiendo el fluir de la energía eléctrica, el hombre no llevaba guantes. Una muerte fulminante e instantánea. La chica de la limpieza dijo que ella y Marta pudieron verlo antes de que lo cubrieran, que su rostro estaba quemado a nivel de las sienes y la frente. 

Esa debe de ser una muerte incomprensible para aquel que la experimenta, un súbito tirón prolongado hasta la ruptura de los umbrales del dolor. Acompañado de una pequeñísima, diminuta e inasible duda, de aquello que está sucediendo; en el mejor de los casos. Después, solo la reacción corporal, lejos ya de la consciencia, los ojos saltados, la lengua de fuera, el esfínter vencido, etc. Por supuesto, los deudos, la familia, eso siempre es lo más doloroso.

Respeto para todos aquellos que han cruzado la línea hoy. 

Anillo de cobre

Alguna vez me crucé por la calle con un extraño o extraña que inmediatamente atrajo mi mirada, no por que fuera su apariencia demasiado llamativa sino por un simple acto fortuito de miradas divagantes. Y ha resultado que esa misma persona vuelve a aparecer unas calles más adelante una vez alcanzado mi destino que era también el suyo a pesar de que llevábamos caminos totalmente opuestos y en su rostro puedo percibir la misma sorpresa casual de habernos encontrado de nuevo. 

Bien, pues lo que aquí cuento no compete a la relación entre las personas, sino a la relación de las personas con los objetos, que es incluso más extraordinaria, sin dejar de ser completamente casual. Hace algunos años ya, portaba gustoso un anillo de cobre el cual adquirí en uno de esos tianguis “culturales” de nuestras ciudades mexicanas. Después de cierto tiempo, descubrí que el anillo de cobre había dejado una mancha verdosa sobre la piel de mi dedo. Me gustaba a tal grado, que decidí barnizarlo por dentro para evitarme la pena de tirarlo. Solía barnizarlo habitualmente más o menos una vez cada mes, hasta que una tarde, con todo dispuesto, tomé el anillo y la pequeña brocha con muchísimo cuidado para no barnizarme la piel y entonces... escuché la una voz que desde mi oído me decía: 

-Date un brochazo en el dedo... 

Al principió no lo creí porque no había nadie, absolutamente nadie a mi alrededor en el cuarto. -Exacerbada imaginación la mía- me justifiqué, para después escuchar nuevamente:

-Anda, con una sola gota basta...

Atribuí inmediatamente "la voz" al anillo, por supuesto, al mismo anillo que yo sostenía entre los dedos de la mano izquierda mientras que con la derecha estaba a punto de barnizarlo. Como es lógico, no presté atención a la voz del anillo y continué con mi tarea hasta que accidentalmente, y por el nerviosismo mismo sumado a un ligero temblor de manos, conseguí darme un bochazo sin querer, sobre la falange de uno de los dedos. Justo en ese momento sentí la rabia aproximarse, por haber ocurrido exactamente lo que no deseaba, pero muy rápido desapareció  el sentimiento.

Después de haber fallado, y haberme pintado el dedo, mis nervios se disiparon. Mi pulso se neutralizó, así pude sin mayor problema continuar y terminar mi tarea incluso con gusto, con cierta inusitada libertad, pues ya había fallado, no había peor escenario. Comprendí entonces aquello que trataba de comunicarme el anillo desde un principio: la necesidad de los sacrificios, la ruptura adecuada de la precisión, la posibilidad de los errores controlados.