Pequeñas Astucias

Entonces Ana se marcha, como un fantasma, con su habitual levedad. La última vez que vi a Ana me encontraba en una oficina.

Ana sube las escaleras, dice algo a alguien mientras sube lentamente. Puedo ver su languidez, su chamarra de mezclilla verde deslavada. Al principio no la reconocí, incluso pensé que era alguien más. 

Yo miro al escritorio porque no quiero hacer contacto visual.
Ana saluda a Marcos y después, de manera despreocupada, viene hacia mí y con un "Hola Jorge" me toca el hombro apenas, y rozamos las mejillas. No me ha dado la gana verla, pero la he saludado con la misma falsa candidez, para después volverme a la computadora.

Ana balbucea algunas cosas con Marcos, puedo verla, dice cosas de esas que delatan su inseguridad, su perpetua indecisión. Entonces Ana se marcha, como un fantasma, con su habitual levedad. Puedo verla descender las escaleras.

Mucha Luz

Hay una tristeza muy grande aquí… le dijo ella tocando con el índice su pecho.

-¿Será verdad?

-Creo que no estuve de acuerdo en que se fuera. 

-¡Nadie lo estaría!, además ¿Yo qué pude haber hecho?

Dentro de la inconmensurable oficina que congrega a más de mil empleados atados por la cabeza a máquinas cual si fueran vacas sujetas de las ubres a tubos succionadores, sus cabezas, desde una perspectiva aérea, parecen semillas negras de kiwi, viscosas pero inmóviles. 

Un auricular produce un sonido agudísimo que provoca un rictus de dolor en un empleado aún adormilado por la hora en la que ha tenido que abandonar su cama esta mañana. Joven, como todos sus compañeros, ha tenido que vender su alma a una empresa que le garantiza seguir manteniendo al estado mientras él puede tener algunos beneficios, algo para sus vicios y algo más para compartir con su mujercita enternecedora.

Que intenso dolor… el auricular lastima cuando los clientes gritan al teléfono.
Anoche no dormí bien… me hizo falta soñar que volaba.

Mucha luz, mucha luz…

Mucha luz y recuerdos infantiles. Pedro, Jonathan y Ulises. No sé qué tanta información inservible tengo en la mente ahora. Como si de verdad pudiéramos solventar nuestros problemas actuales regurgitando los sabores personales del pasado. 

-Nada es personal. Un pequeño de no más de tres años que solía acercarse a la puerta de su casa y desde allí, enfurecido rabiaba por una extraña razón,  ¿hasta que de alguna manera homeopática su madre lo sosegó? ¡¿De qué estás hablando?! Deja de decir "pelotudeces"