Manuscrito hallado en un baúl




Carta a María Franca
(Manuscrito hallado en un baúl)


para
Ardas Kaur





Ciudad de México, Octubre de 1946.

Finalmente me he tomado el tiempo de responder a su carta, querida Franca. Bellas imágenes vienen a mí, cuando evoco la historia que me cuenta, de ese majestuoso caballo suyo, de esos momentos infantiles que solo puestos por escrito pueden ser rescatados, salvados del inevitable golpe de ola que hace el mar del tiempo, sobre la arena de nuestras memorias.
Pienso que todos sin excepción, tendremos o tuvimos una relación misteriosa con algún animal en cierto momento de nuestras vidas. Podría por ejemplo parecer insignificante el encuentro de un aracnofóbico y su diminuto huésped octópodo en el baño, pero sabemos que no lo es. Y al otro lado se encuentran criaturas fastuosas como ese caballo mágico suyo, de crin rojiza, que ocupa un espacio en su memoria, y en su corazón.
María Franca, sin duda su carta anterior me ha llevado al recuerdo de mi propio encuentro con una criatura animal, a lo que yo llamo "mi hallazgo”. Porque de verdad sucede que en los ojos de algunos animales nos miramos, como mágicos espejos, como si ellos fueran capaces de meterse en los nuestros y mirarse también. Un atisbo que se vuelve un vórtice. Una vorágine que nos traga, y nos lleva al punto cero de la vida.
No se aflija, las añoranzas de su infancia la pueden agobiar en el presente, pero en el futuro serán otras cosas las que le pesarán, se lo digo yo. Esto que tiene aquí y ahora, que le parece muy poco, o casi triste, será en el futuro una primavera hermosa, una pradera verde, un suave viento y un trago fresco de agua en la garganta. -Cómo es la vida que nunca conseguimos vivir el presente, ¿verdad?-. Le cuento entonces querida María, la propia experiencia que la naturaleza me ha dado a través de una de sus bellas, pero misteriosas criaturas:

No hace mucho, dentro de mi amplio recorrido musical, me ocurrió un evento sin precedentes. Volvía a casa de ensayar con un par de colegas. Entrada la tarde salíamos de nuestro muy respetado y afamado Conservatorio Nacional, miembros de un quinteto de alientos, que como usted sabrá es un grupo musical conformado por una flauta, un oboe, un clarinete, un corno francés y un fagot.
Llamó mi atención un hombre que al parecer había viajado desde lejos, proveniente de un contexto que no correspondía a los alrededores. Nos encontrábamos en la colonia Santa María la Ribera -recordará sus magníficas casas, sus amplias calles, sus enormes árboles y monumentos; -cuna de artistas en el pasado y en el presente también-. Fue así que este era un hombre cargando consigo un ave, un ave sublime, hermosísima.
Cuando vi aquel pájaro prodigioso, quedé cautivado por la belleza de su plumaje, los tonos del mismo, pero sobre todo por su forma, una forma perfecta, angular y redondeada a la vez, un diseño impecable, un ave exótica, como seguro puede leerse en cualquier enciclopedia. A mi parecer era un halcón -¿Se da cuenta de lo extraño de la escena?-.
Mi hermano, quien es un maravilloso fagotista, intérprete de altísima calidad -Usted perdonará la falta de modestia, pero siempre es bueno alabar a la propia familia y sus actividades con respecto a la sociedad-, me acompañaba, al igual que un gran amigo nuestro, uno de los mejores y más grandes oboístas que se pueden hallar en el país. Ambos fraternos colegas y yo, a cargo de instrumentos de aliento -Fíjese qué cosa tan curiosa, teniendo al ave en mente-.
Ninguno de mis dos acompañantes prestaron atención al hombre que cargaba al animal, a decir verdad nadie lo observó, a nadie parecía importarle, como si él no estuviera allí, como si sólo yo pudiera verlo. Pero no, el amo de la criatura me miraba con cierta malicia, pues se dio cuenta que su ave exótica me había cautivado. Era un hombre de pueblo, con sombrero de paja, vestido de manta terregosa, polvorienta; su aspecto era desaliñado y en su rostro pude notar cierto aire taimado, deshonesto. Al acercarme me dijo que el pájaro era un "halconcito".
El ave se mantenía parada imperturbable sin ninguna dificultad sobre el brazo extendido de su domador, nada de aditamentos especiales, sin vendajes o protecciones de cuero. «Se lo vendo siñor», me dijo el hombre con un acento forzado.  «¡No, estás loco, ¿cómo vas a comprar un pájaro así?» respondieron mi hermano y mi amigo, que ya se habían aproximado. Pero era demasiado tarde. «Me lo llevo» respondí, completamente fascinado, sin pensar en cosas que después sopesaría con calma.
Entonces el hombre vio que de verdad estaba convencido, tomó al pájaro y lo metió sin piedad a un morral de yute. Me lo entregó, como si me estuviera ofrendando un alimento envuelto, y se marchó con el dinero en mano. «¡Estás loco!» me reprocharon ellos con verdadero desconcierto. Nos separamos, cada quien rumbo a su hogar.
En el umbral de mi casa, en la misma colonia Santa María, -también su casa querida Franca-, mi corazón comenzó a latir con velocidad y fuerza. Saber que entre mis manos había una criatura viva atrapada en un morral, era saber demasiado, porque jamás antes tuve un ave propia, pero mi tacto adivinaba su fragilidad, la temperatura tibia de su cuerpo, lo quebradizo de su esqueleto. Me introduje en la habitación principal y después de cerrar el balcón y la puerta de entrada, quedándome completamente a solas, liberé al ave. El pobre animal estaba desorientado, pero una vez que se ubicó, logró volar hasta un perchero donde suelo colocar el abrigo.
Fue entonces que miré su rostro, eché un vistazo dentro de sus ojos, aquellos eran vivos como no tiene usted idea, no chispeantes, quizá sería más adecuado decir ¡flamantes!. Aquellas farolas incandescentes me miraron también, valga decirlo: directo al alma.
Habrán pasado tres o cuatro segundos de una mirada fija con la cual el ave me transmitió un sentimiento indescriptible, de verdad inefable. Una mezcla de... no encuentro aún las palabras, lo intento pero no lo consigo, dispensará usted mi falta de elocuencia. El efecto de su mirar me conmovió profundamente, tuve que huir de la habitación con urgencia, y dejarlo allí, inerme sobre la barra horizontal del perchero.
Salí al patio de la casa, un lugar muy apacible. Sin pensarlo me acosté en el suelo boca arriba, junto a la fuente, atónito, mirando al cielo nocturno, sin pensamientos, con una sensación indefinible en el pecho, que no era ni miedo, ni tristeza, ni nostalgia, ni amor; sino una emulsión de todo esto, y otras cosas que quizá no podré describir nunca.
Mi mujer me encontró en el patio y con mucho respeto me preguntó qué pasaba, le dije que había comprado un halcón... y que éste me había mirado de una forma extraordinaria... Ella, como sensata y objetiva mujer que siempre ha sido, no me juzgó, y al contrario trató de entender lo que sucedía.
Después de un momento dijo que en la bodega podríamos encontrar una jaula suficientemente grande, que en otro tiempo había perteneció a sus abuelos, y que podía traerla para mi pájaro. Entonces reaccioné y me di cuenta del ridículo que estaba haciendo en el patio, era de noche. Le dije a mi mujer que sí, que necesitaríamos la jaula. Una vez que la tenía en mis manos el siguiente paso era volver a la habitación, pero ¡no me atreví a cruzar el umbral de la puerta!, no podía entrar a mi propia habitación, pues sabía que ahora estaba sitiada por ese “ser ajeno”, de mirada inmensa, magnética, de presencia avasalladora, que me repelía de manera automática.
Me quedé sentado afuera con la jaula, midiendo la situación, sintiéndome terrible por haber puesto a esa criatura en una situación tal, por tenerlo en mi poder, en mi posesión. Me resolví a pesar de todo y entré al cuarto, y allí seguía la cosa esa viva, maravillosa, mirándome sin quitar los ojos salvajes de encima, cazándome un poco más cada vez con su belleza inaudita, siguiéndome a cada paso sin inmutarse, o asustarse, pero tampoco en calma. Un mensaje hipnótico transmitía con los ojos, algo que comunicaba en una lengua secreta, que yo no hablaba, o quizá sí, pero había olvidado muchas generaciones atrás.
Tuve que salir de nuevo para recapacitar. Ahora sabía que a pesar de haber visto al ave tan dócil, y aparentemente domesticada en manos del hombre aquel, no era lo mismo para mí. Resolví tirarle encima un paño grande de seda para no lastimarlo, después sin verlo y sin siquiera tocar, lo introduciría en la jaula, para de inmediato cubrir ésta con la misma tela. Así lo hice, y no fue hasta entonces, una vez tapada la jaula, que pude conciliar el sueño. Era más de media noche.
A la mañana siguiente corroboré que el ave estuviera allí. Me bastó mirar el movimiento ligero de una de sus dos patas. Traté sin conseguirlo de alimentar al animal con trozos de pollo. El siguiente paso era llevarlo a la clínica animal, donde se pueden comprar algunas cosas para las gallinas. Dejé la jaula sobre el mostrador. El dependiente, un hombre de al menos unos sesenta años de edad, se colocó un guante y extrajo a la criatura con gran pericia. Me informó que era una hembra, y que no se trataba de un halcón, sino que era un cernícalo, una subespecie parecida, pero de menor tamaño. Me preguntó cómo lo había adquirido. Me dijo que quienes los cazan cortan la parte baja de su plumaje, al final de las alas, para que no vuelen alto y siempre regresen a ellos. A continuación revisó las alas de mi cernícalo hembra, sus alas estaban completas.
«No me lo puedo quedar» me dijo cuando sugerí dárselo «Llévelo a otra parte, es ilegal tener un animal como éste en cautiverio» agregó. Así que urdí un plan alterno. Tomé la jaula y me dirigí al zoológico, allí conseguiría que lo cuidaran.
En camino al lugar me acosaban los dueños de los comercios que uno puede encontrar desde siempre en lugares populares. Proferían cosas como: «Señor, ¿qué lleva allí?, es un pájaro raro ¿verdad?» , «Se lo compramos aquí señor» , «¿Qué tiene usted en la jaula?, ¿a dónde lo lleva?...» y demás frases parecidas me hacían pensar que atravesaba un túnel fantasma en compañía de un ave sagrada. En este túnel las almas ebrias de ignorancia, querían arrancarme algo, robarme algo, lo que fuera. Por supuesto que no les dejé ni siquiera levantar la tela de la jaula, yo estaba bien enterado del efecto que provocaría en ellos, de la mirada de mi cernícalo, de su belleza, su magnetismo. Entonces noté que había comenzado a querer al ave, a protegerla.
En las puertas del zoológico me hicieron esperar un largo rato, pero a fin de cuentas dijeron «No». No la aceptarían, ya eran demasiados cernícalos bajo su techo, incluso algunos volaban libres por el bosque, porque habían escapado. «¡Qué monserga!» pensé. Y la respuesta al acertijo me acababa de ser revelada.
Me interné cuanto pude en el bosque y destapé la jaula. Miré a la criatura y el ave me vio también. Noté que toda extrañeza entre nosotros era nula ya, estábamos unidos por algo, el miedo no era una posibilidad entre nosotros, habíamos llegado juntos hasta este punto, no había sido cosa fácil. Abrí la puerta de la jaula y la liberé, pero para mi sorpresa el ave no voló, se quedó allí, a dos metros, mirándome de forma apacible. Era un día claro, soleado, una mañana fresca en el bosque. Le dije que volara, que era libre, que otros planeaban allá en lo alto, que no se sentiría sola, que aprendería a cazar, que sus alas eran impecables, que toda ella era perfecta. Y entonces la asusté removiendo la tierra del piso, agitando los brazos.
El ave apenas voló de forma gradual, de copa en copa, de árbol en árbol. No quise mirar más, tomé la jaula y me fui, con la sensación de que me seguía... con el cuerpo, con esos ojos, con el recuerdo de los míos en ella, con nuestro miedo mutuo disipado, suprimido; con nuestro reciente cariño convertido en libertad, tan inmensa libertad como ese bosque.


Pues bien, querida María Franca, espero con ferviente anhelo que lleguen hasta su corazón estas palabras que con júbilo he escrito para usted. Le agradezco de forma infinita me haya hecho recordar estos momentos mágicos, que el azar nos regala muy pocas veces en la vida, y que de no ser por otras personas, seres maravillosos como usted, simplemente se perderían, olvidadas en el rincón oscuro de la nada.
No añore más esos años infantiles, los sueños son transitorios, sí, porque están formados de invenciones, de fábulas que no nos pertenecen, construcciones sociales, mundanas. Los sueños son engaños que nos ayudan a crecer, son mitos que enaltecen el alma, cuentos personales, fantasías que creímos nuestras y no lo son. En dos distintos lapsos de tiempo nunca más seremos “nosotros mismos”, nunca ya esos que fuimos, esos que creímos que seríamos para siempre. Esto es una realidad.
Pero también hay buenas noticias querida, mis años de experiencia, que distan de los suyos por más de una década, lo pueden constatar. Mientras se avanza en la vida, lo aseguro, puede percibirse que hay ciertas cosas que no cambian, formas que pertenecen a la propia esencia, nos guste o no en un principio, al final, siempre hallamos refugio precisamente allí.
Perderemos pues, no solo los sueños, sino la memoria -¿Se da cuenta?-. Llegará el momento en que no habrá recuerdos, olvidaremos que algún día tuvimos sueño!, serán fantasías que vivimos y después perdimos, que dejamos y extrañamos, que olvidaremos y repentinamente estarán allí de vuelta, que sin evitarlo se perderán después por su actual imposibilidad de ser. Y es por eso que debe notar ahora, qué es lo que más le entusiasma, qué es lo que le brinda alegría, porque eso es lo que hay, y porque eso dejará de ser también. No lo sabe aún, con semejante lozanía en el alma y el cuerpo no es fácil, pero todo cambia, todo se desvanece, usted ha comenzado a darse cuenta.

Es un placer para mí narrarle esta historia. Me alegro de mantener esta bella comunicación, con un una persona de tan fina sensibilidad, de tal alta ternura. Sean el recuerdo de su caballo y el recuerdo de mi ave puestos en lo alto, a través de esta correspondencia, a través de estas evocaciones. Que donde quiera que se encuentren ahora, nos guíen y protejan para el resto de nuestras vidas.


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Reykjavík




Quedé de verme con Lucía para comer, ella recién había vuelto de Islandia y un miembro de su familia, quizá su padre tiempo atrás, colocó sin avisárselo una maleta repleta de libros en la parte alta de su clóset. Entonces ella buscaba la forma de acomodar su maletín recién desocupado del viaje, cuando de pronto le cayó el bulto encima. Por supuesto que se lastimó, pero lo más increíble fue que no me dijera nada. Hacía casi un mes que no nos veíamos y ese sería nuestro reencuentro, así que llegué al restaurante italiano y ahí estaba, tan increíblemente bella como siempre. Yo sin saberlo, había arrinconado ya el recuerdo del efecto de su rostro, que era capaz de colmar mis necesidades estéticas en tan solo un instante.

Ay, te rasuraste, me dijo un poco como por reproche sin levantarse de su silla para saludar ...te ves bien, agregó después como disculpándose por lo que acababa de decir. La besé y ocupé el lugar justo enfrente. Tomé sus manos y le pedí que me contara todo sobre su viaje. Escuché atentamente mientras comíamos, historias de vikingos, de grupos que migraron con sus esclavos, sobre la ciudad de colores fríos, pequeña y tranquila, que es Reykjavík, de los múltiples surtidores de aguas termales que incluso llegan hasta las bañeras de las casas, del sol de media noche, que es un día perpetuo de una luz grisácea, de cómo ella se extravió en el camino hacia la costa sur buscando la playa, de un buen día junto a las cascadas que visitó en su última parada, porque pudo ver desde allí un arcoíris muy claro.

Tú qué hiciste, preguntó después. Perderse en Islandia sonaba desolador, me quedé pensando mientras miraba cómo limpiaban la mesa donde acabábamos de comer. ¿Alguna otra cosa más que deseen? Preguntó el mesero. No, muchas gracias, todo estuvo delicioso. Yo no hice nada nuevo, lo mismo de siempre, dije levantando el rostro para mirarla. Estuve leyendo, recogí unas palabras de hace más de treinta años, es un poema que después convirtieron en una canción en la década de los ochenta, no sé quién es el autor. Sacando mi libreta de notas leí en voz alta:

El sol está en lo alto y estoy rodeado de arena
tan lejos como mis ojos pueden ver.
Estoy postrado en la mecedora
con una cobija sobre las piernas.
Soy un extraño para mí mismo
y nadie sabe que estoy aquí.

Cuando miré mi rostro
no fui yo a quien vi,
si no a quien he tratado de ser.
Ahora pienso en cosas que hubiera preferido olvidar.
Me asfixio hasta la muerte en un sol que nunca cesa de brillar.
Atasco mi mente con una pena perpetua,
y he convertido a todos mis amigos en mis enemigos,
y ahora el pasado ha vuelto para apoderarse de mí.

Me espanta dios y me espanta el infierno
y ahora taladro hacia el interior de mí mismo
¿Cómo alguien podría conocerme,
cuando no he llegado a conocerme a mí?

Un breve silencio acompañó su rostro mientras como por reflejo se mordía los nudillos de la mano derecha, pensando quizá lo que acababa de escuchar. Es desolador, respondió finalmente. Sí, lo es, pero me gusta, le contesté. Te imagino un poco allí, como si pudiera verte de viejito, me habló bañándome con los ojos llenos de ternura. ¿Tú crees? Si, en tu silla mecedora, contemplando y recordando. Mirando la pared tal vez, dije. Falta mucho aún, somos jóvenes, respondió ella. Yo no tanto, tú eres un retoño, guapa. Y entonces pedí la cuenta.

Oye, necesito decirte una cosa, adelantó cuando yo estaba a punto de levantarme después de haber pagado. ¿De qué se trata? Fue allí cuando me describió todo el evento de la maleta cayendo encima de su cuerpo, de cómo jamás se imaginó que algo así podría suceder, de cómo odió a su padre por cometer esa gran tontería, de cómo permaneció largo rato tirada bajo la presión de semejante contenido, del dolor que tuvo que soportar sobre su endeble organismo. ¿Pero estás bien verdad? Sí, estoy bien, sólo no puedo caminar.

Estás bromeando. No, hablo en serio. ¿Cómo llegaste hasta aquí entonces? Mi padre me trajo. Pero dónde está él, respondí algo alarmado ya, volteando a las mesas contiguas. Le pedí que se fuera, que me dejara aquí sentada; pero que se fuera. ¿Y se fue? Sí, le rogué que lo hiciera. ¿Qué hubiera sucedido si yo no llegaba? Yo sabía que llegarías. Estás bromeando, insistí para presionarla. ¡Ya, Julián! No me hagas entristecer, te estoy diciendo la verdad, dijo cerrando los ojos y tragando saliva. Está bien, tranquila. Traeré un taxi hasta la entrada del restaurante y te cargo, ¿está bien? ¿Te parece bien? Nos llevará a mi casa en pocos minutos. Mi casa se encontraba a tan solo cinco calles del lugar, Lucía y yo solíamos pasar los fines de semana juntos.
          
No, quiero caminar. Pero ¿puedes? Y entonces miré cómo con dificultad trataba de ponerse en pie tambaleándose abruptamente mientras se sostenía con sus delgados brazos sobre la mesa. Me acerqué de inmediato para sujetarla, dispuesto ya a realizar todo lo que ella me pidiera sin oponerme. Para entonces un par de meseros se habían aproximado hasta nosotros, sugiriendo ayudar en todo lo que estuviera a su alcance.
          
Estamos bien, muchas gracias, algo apenado me negué a recibir la ayuda y recogiendo la bolsa junto a la chalina, ceñí a Lucía por la cintura y comenzamos a andar muy lento, hasta que logramos salir del restaurante. En mi mente y en mi sentir no había otro lugar al que pudiéramos ir que no fuera mi casa. Su padre se había atrevido a dejarla allí en su estado, quizá con un gran remordimiento por haber sido el causante del accidente. Yo quería cuidar de ella, ahora más que nunca. ¿Estás segura de que no quieres tomar un taxi?... pensé, pero no me atreví a abrir la boca.
          
Después de mantenerse sobre sus dos piernas le solté la cintura y comenzó a dar un ligero y lánguido paso, sostenida solo sobre mi brazo izquierdo. En ningún momento Lucía volteó los ojos hacia los míos, solo prestaba atención a sus pies con un esmero inusitado, sujetándose a mí firmemente con ambos brazos.
          
El trayecto a casa fue eterno, desde luego, y a cada paso mi corazón se rompía más. Me estás fragmentando el alma... No me atreví a pronunciar palabra alguna, y con los ojos seguía hacia donde se dirigían los de ella, como ayudándola con mi visión, colocada sobre sus zapatos apenas atados, ayudándola así a dar cada uno de esos insólitos pasos. Me pareció entrar a una burbuja de cristal donde el exterior no nos alcanzaba, una burbuja sorda, ahogada; éramos Lucía y Julián caminando en la eternidad sobre el espacio, respirando con cautela, parando a ratos, solo para volver a caminar.
          
Después de una cuadra ya éramos viejos, y seguíamos andando. Llevar a mi mujer a casa; esa era la única finalidad. Recostarla sobre la cama. Llevar a mi mujer a casa, quitarle los zapatos, darle algo refrescante de beber. De ahora en adelante viviría conmigo, ya no permitiría que su padre se la llevara. La vería envejecer de verdad, la miraría dormir, me sentaría sobre la mecedora si acaso se marchara. Llevar a mi mujer a casa. Un paso después del otro, espera, aquí hay una piedra, aguarda, el pavimento está cuarteado, deja, que quiero cargarte.


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Anillo de cobre




Alguna vez me crucé por la calle con un extraño o extraña que inmediatamente atrajo mi mirada, no por que fuera su apariencia demasiado llamativa sino por un simple acto fortuito de miradas divagantes. Y ha resultado que esa misma persona vuelve a aparecer unas calles más adelante una vez alcanzado mi destino que era también el suyo a pesar de que llevábamos caminos totalmente opuestos y en su rostro puedo percibir la misma sorpresa casual de habernos encontrado de nuevo. 

Bien, pues lo que aquí cuento no compete a la relación entre las personas, sino a la relación de las personas con los objetos, que es incluso más extraordinaria, sin dejar de ser completamente casual. Hace algunos años ya, portaba gustoso un anillo de cobre el cual adquirí en uno de esos tianguis “culturales” de nuestras ciudades mexicanas. Después de cierto tiempo, descubrí que el anillo de cobre había dejado una mancha verdosa sobre la piel de mi dedo. Me gustaba a tal grado, que decidí barnizarlo por dentro para evitarme la pena de tirarlo. Solía barnizarlo habitualmente más o menos una vez cada mes, hasta que una tarde, con todo dispuesto, tomé el anillo y la pequeña brocha con muchísimo cuidado para no barnizarme la piel y entonces... escuché la una voz que desde mi oído me decía: 

-Date un brochazo en el dedo... 

Al principió no lo creí porque no había nadie, absolutamente nadie a mi alrededor en el cuarto. -Exacerbada imaginación la mía- me justifiqué, para después escuchar nuevamente:

-Anda, con una sola gota basta...

Atribuí inmediatamente "la voz" al anillo, por supuesto, al mismo anillo que yo sostenía entre los dedos de la mano izquierda mientras que con la derecha estaba a punto de barnizarlo. Como es lógico, no presté atención a la voz del anillo y continué con mi tarea hasta que accidentalmente, y por el nerviosismo mismo sumado a un ligero temblor de manos, conseguí darme un bochazo sin querer, sobre la falange de uno de los dedos. Justo en ese momento sentí la rabia aproximarse, por haber ocurrido exactamente lo que no deseaba, pero muy rápido desapareció  el sentimiento.

Después de haber fallado, y haberme pintado el dedo, mis nervios se disiparon. Mi pulso se neutralizó, así pude sin mayor problema continuar y terminar mi tarea incluso con gusto, con cierta inusitada libertad, pues ya había fallado, no había peor escenario. Comprendí entonces aquello que trataba de comunicarme el anillo desde un principio: la necesidad de los sacrificios, la ruptura adecuada de la precisión, la posibilidad de los errores controlados.


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