Manuscrito hallado en un baúl



Carta a María Franca
(Manuscrito hallado en un baúl)


para
Ardas Kaur





Ciudad de México, Octubre de 1946.

Finalmente me he tomado el tiempo de responder a su carta, querida Franca. Bellas imágenes vienen a mí, cuando evoco la historia que me cuenta, de ese majestuoso caballo suyo, de esos momentos infantiles que solo puestos por escrito pueden ser rescatados, salvados del inevitable golpe de ola que hace el mar del tiempo, sobre la arena de nuestras memorias.
Pienso que todos sin excepción, tendremos o tuvimos una relación misteriosa con algún animal en cierto momento de nuestras vidas. Podría por ejemplo parecer insignificante el encuentro de un aracnofóbico y su diminuto huésped octópodo en el baño, pero sabemos que no lo es. Y al otro lado se encuentran criaturas fastuosas como ese caballo mágico suyo, de crin rojiza, que ocupa un espacio en su memoria, y en su corazón.
María Franca, sin duda su carta anterior me ha llevado al recuerdo de mi propio encuentro con una criatura animal, a lo que yo llamo "mi hallazgo”. Porque de verdad sucede que en los ojos de algunos animales nos miramos, como mágicos espejos, como si ellos fueran capaces de meterse en los nuestros y mirarse también. Un atisbo que se vuelve un vórtice. Una vorágine que nos traga, y nos lleva al punto cero de la vida.
No se aflija, las añoranzas de su infancia la pueden agobiar en el presente, pero en el futuro serán otras cosas las que le pesarán, se lo digo yo. Esto que tiene aquí y ahora, que le parece muy poco, o casi triste, será en el futuro una primavera hermosa, una pradera verde, un suave viento y un trago fresco de agua en la garganta. -Cómo es la vida que nunca conseguimos vivir el presente, ¿verdad?-. Le cuento entonces querida María, la propia experiencia que la naturaleza me ha dado a través de una de sus bellas, pero misteriosas criaturas:

No hace mucho, dentro de mi amplio recorrido musical, me ocurrió un evento sin precedentes. Volvía a casa de ensayar con un par de colegas. Entrada la tarde salíamos de nuestro muy respetado y afamado Conservatorio Nacional, miembros de un quinteto de alientos, que como usted sabrá es un grupo musical conformado por una flauta, un oboe, un clarinete, un corno francés y un fagot.
Llamó mi atención un hombre que al parecer había viajado desde lejos, proveniente de un contexto que no correspondía a los alrededores. Nos encontrábamos en la colonia Santa María la Ribera -recordará sus magníficas casas, sus amplias calles, sus enormes árboles y monumentos; -cuna de artistas en el pasado y en el presente también-. Fue así que este era un hombre cargando consigo un ave, un ave sublime, hermosísima.
Cuando vi aquel pájaro prodigioso, quedé cautivado por la belleza de su plumaje, los tonos del mismo, pero sobre todo por su forma, una forma perfecta, angular y redondeada a la vez, un diseño impecable, un ave exótica, como seguro puede leerse en cualquier enciclopedia. A mi parecer era un halcón -¿Se da cuenta de lo extraño de la escena?-.
Mi hermano, quien es un maravilloso fagotista, intérprete de altísima calidad -Usted perdonará la falta de modestia, pero siempre es bueno alabar a la propia familia y sus actividades con respecto a la sociedad-, me acompañaba, al igual que un gran amigo nuestro, uno de los mejores y más grandes oboístas que se pueden hallar en el país. Ambos fraternos colegas y yo, a cargo de instrumentos de aliento -Fíjese qué cosa tan curiosa, teniendo al ave en mente-.
Ninguno de mis dos acompañantes prestaron atención al hombre que cargaba al animal, a decir verdad nadie lo observó, a nadie parecía importarle, como si él no estuviera allí, como si sólo yo pudiera verlo. Pero no, el amo de la criatura me miraba con cierta malicia, pues se dio cuenta que su ave exótica me había cautivado. Era un hombre de pueblo, con sombrero de paja, vestido de manta terregosa, polvorienta; su aspecto era desaliñado y en su rostro pude notar cierto aire taimado, deshonesto. Al acercarme me dijo que el pájaro era un "halconcito".
El ave se mantenía parada imperturbable sin ninguna dificultad sobre el brazo extendido de su domador, nada de aditamentos especiales, sin vendajes o protecciones de cuero. «Se lo vendo siñor», me dijo el hombre con un acento forzado.  «¡No, estás loco, ¿cómo vas a comprar un pájaro así?» respondieron mi hermano y mi amigo, que ya se habían aproximado. Pero era demasiado tarde. «Me lo llevo» respondí, completamente fascinado, sin pensar en cosas que después sopesaría con calma.
Entonces el hombre vio que de verdad estaba convencido, tomó al pájaro y lo metió sin piedad a un morral de yute. Me lo entregó, como si me estuviera ofrendando un alimento envuelto, y se marchó con el dinero en mano. «¡Estás loco!» me reprocharon ellos con verdadero desconcierto. Nos separamos, cada quien rumbo a su hogar.
En el umbral de mi casa, en la misma colonia Santa María, -también su casa querida Franca-, mi corazón comenzó a latir con velocidad y fuerza. Saber que entre mis manos había una criatura viva atrapada en un morral, era saber demasiado, porque jamás antes tuve un ave propia, pero mi tacto adivinaba su fragilidad, la temperatura tibia de su cuerpo, lo quebradizo de su esqueleto. Me introduje en la habitación principal y después de cerrar el balcón y la puerta de entrada, quedándome completamente a solas, liberé al ave. El pobre animal estaba desorientado, pero una vez que se ubicó, logró volar hasta un perchero donde suelo colocar el abrigo.
Fue entonces que miré su rostro, eché un vistazo dentro de sus ojos, aquellos eran vivos como no tiene usted idea, no chispeantes, quizá sería más adecuado decir ¡flamantes!. Aquellas farolas incandescentes me miraron también, valga decirlo: directo al alma.
Habrán pasado tres o cuatro segundos de una mirada fija con la cual el ave me transmitió un sentimiento indescriptible, de verdad inefable. Una mezcla de... no encuentro aún las palabras, lo intento pero no lo consigo, dispensará usted mi falta de elocuencia. El efecto de su mirar me conmovió profundamente, tuve que huir de la habitación con urgencia, y dejarlo allí, inerme sobre la barra horizontal del perchero.
Salí al patio de la casa, un lugar muy apacible. Sin pensarlo me acosté en el suelo boca arriba, junto a la fuente, atónito, mirando al cielo nocturno, sin pensamientos, con una sensación indefinible en el pecho, que no era ni miedo, ni tristeza, ni nostalgia, ni amor; sino una emulsión de todo esto, y otras cosas que quizá no podré describir nunca.
Mi mujer me encontró en el patio y con mucho respeto me preguntó qué pasaba, le dije que había comprado un halcón... y que éste me había mirado de una forma extraordinaria... Ella, como sensata y objetiva mujer que siempre ha sido, no me juzgó, y al contrario trató de entender lo que sucedía.
Después de un momento dijo que en la bodega podríamos encontrar una jaula suficientemente grande, que en otro tiempo había perteneció a sus abuelos, y que podía traerla para mi pájaro. Entonces reaccioné y me di cuenta del ridículo que estaba haciendo en el patio, era de noche. Le dije a mi mujer que sí, que necesitaríamos la jaula. Una vez que la tenía en mis manos el siguiente paso era volver a la habitación, pero ¡no me atreví a cruzar el umbral de la puerta!, no podía entrar a mi propia habitación, pues sabía que ahora estaba sitiada por ese “ser ajeno”, de mirada inmensa, magnética, de presencia avasalladora, que me repelía de manera automática.
Me quedé sentado afuera con la jaula, midiendo la situación, sintiéndome terrible por haber puesto a esa criatura en una situación tal, por tenerlo en mi poder, en mi posesión. Me resolví a pesar de todo y entré al cuarto, y allí seguía la cosa esa viva, maravillosa, mirándome sin quitar los ojos salvajes de encima, cazándome un poco más cada vez con su belleza inaudita, siguiéndome a cada paso sin inmutarse, o asustarse, pero tampoco en calma. Un mensaje hipnótico transmitía con los ojos, algo que comunicaba en una lengua secreta, que yo no hablaba, o quizá sí, pero había olvidado muchas generaciones atrás.
Tuve que salir de nuevo para recapacitar. Ahora sabía que a pesar de haber visto al ave tan dócil, y aparentemente domesticada en manos del hombre aquel, no era lo mismo para mí. Resolví tirarle encima un paño grande de seda para no lastimarlo, después sin verlo y sin siquiera tocar, lo introduciría en la jaula, para de inmediato cubrir ésta con la misma tela. Así lo hice, y no fue hasta entonces, una vez tapada la jaula, que pude conciliar el sueño. Era más de media noche.
A la mañana siguiente corroboré que el ave estuviera allí. Me bastó mirar el movimiento ligero de una de sus dos patas. Traté sin conseguirlo de alimentar al animal con trozos de pollo. El siguiente paso era llevarlo a la clínica animal, donde se pueden comprar algunas cosas para las gallinas. Dejé la jaula sobre el mostrador. El dependiente, un hombre de al menos unos sesenta años de edad, se colocó un guante y extrajo a la criatura con gran pericia. Me informó que era una hembra, y que no se trataba de un halcón, sino que era un cernícalo, una subespecie parecida, pero de menor tamaño. Me preguntó cómo lo había adquirido. Me dijo que quienes los cazan cortan la parte baja de su plumaje, al final de las alas, para que no vuelen alto y siempre regresen a ellos. A continuación revisó las alas de mi cernícalo hembra, sus alas estaban completas.
«No me lo puedo quedar» me dijo cuando sugerí dárselo «Llévelo a otra parte, es ilegal tener un animal como éste en cautiverio» agregó. Así que urdí un plan alterno. Tomé la jaula y me dirigí al zoológico, allí conseguiría que lo cuidaran.
En camino al lugar me acosaban los dueños de los comercios que uno puede encontrar desde siempre en lugares populares. Proferían cosas como: «Señor, ¿qué lleva allí?, es un pájaro raro ¿verdad?» , «Se lo compramos aquí señor» , «¿Qué tiene usted en la jaula?, ¿a dónde lo lleva?...» y demás frases parecidas me hacían pensar que atravesaba un túnel fantasma en compañía de un ave sagrada. En este túnel las almas ebrias de ignorancia, querían arrancarme algo, robarme algo, lo que fuera. Por supuesto que no les dejé ni siquiera levantar la tela de la jaula, yo estaba bien enterado del efecto que provocaría en ellos, de la mirada de mi cernícalo, de su belleza, su magnetismo. Entonces noté que había comenzado a querer al ave, a protegerla.
En las puertas del zoológico me hicieron esperar un largo rato, pero a fin de cuentas dijeron «No». No la aceptarían, ya eran demasiados cernícalos bajo su techo, incluso algunos volaban libres por el bosque, porque habían escapado. «¡Qué monserga!» pensé. Y la respuesta al acertijo me acababa de ser revelada.
Me interné cuanto pude en el bosque y destapé la jaula. Miré a la criatura y el ave me vio también. Noté que toda extrañeza entre nosotros era nula ya, estábamos unidos por algo, el miedo no era una posibilidad entre nosotros, habíamos llegado juntos hasta este punto, no había sido cosa fácil. Abrí la puerta de la jaula y la liberé, pero para mi sorpresa el ave no voló, se quedó allí, a dos metros, mirándome de forma apacible. Era un día claro, soleado, una mañana fresca en el bosque. Le dije que volara, que era libre, que otros planeaban allá en lo alto, que no se sentiría sola, que aprendería a cazar, que sus alas eran impecables, que toda ella era perfecta. Y entonces la asusté removiendo la tierra del piso, agitando los brazos.
El ave apenas voló de forma gradual, de copa en copa, de árbol en árbol. No quise mirar más, tomé la jaula y me fui, con la sensación de que me seguía... con el cuerpo, con esos ojos, con el recuerdo de los míos en ella, con nuestro miedo mutuo disipado, suprimido; con nuestro reciente cariño convertido en libertad, tan inmensa libertad como ese bosque.


Pues bien, querida María Franca, espero con ferviente anhelo que lleguen hasta su corazón estas palabras que con júbilo he escrito para usted. Le agradezco de forma infinita me haya hecho recordar estos momentos mágicos, que el azar nos regala muy pocas veces en la vida, y que de no ser por otras personas, seres maravillosos como usted, simplemente se perderían, olvidadas en el rincón oscuro de la nada.
No añore más esos años infantiles, los sueños son transitorios, sí, porque están formados de invenciones, de fábulas que no nos pertenecen, construcciones sociales, mundanas. Los sueños son engaños que nos ayudan a crecer, son mitos que enaltecen el alma, cuentos personales, fantasías que creímos nuestras y no lo son. En dos distintos lapsos de tiempo nunca más seremos “nosotros mismos”, nunca ya esos que fuimos, esos que creímos que seríamos para siempre. Esto es una realidad.
Pero también hay buenas noticias querida, mis años de experiencia, que distan de los suyos por más de una década, lo pueden constatar. Mientras se avanza en la vida, lo aseguro, puede percibirse que hay ciertas cosas que no cambian, formas que pertenecen a la propia esencia, nos guste o no en un principio, al final, siempre hallamos refugio precisamente allí.
Perderemos pues, no solo los sueños, sino la memoria -¿Se da cuenta?-. Llegará el momento en que no habrá recuerdos, olvidaremos que algún día tuvimos sueño!, serán fantasías que vivimos y después perdimos, que dejamos y extrañamos, que olvidaremos y repentinamente estarán allí de vuelta, que sin evitarlo se perderán después por su actual imposibilidad de ser. Y es por eso que debe notar ahora, qué es lo que más le entusiasma, qué es lo que le brinda alegría, porque eso es lo que hay, y porque eso dejará de ser también. No lo sabe aún, con semejante lozanía en el alma y el cuerpo no es fácil, pero todo cambia, todo se desvanece, usted ha comenzado a darse cuenta.

Es un placer para mí narrarle esta historia. Me alegro de mantener esta bella comunicación, con un una persona de tan fina sensibilidad, de tal alta ternura. Sean el recuerdo de su caballo y el recuerdo de mi ave puestos en lo alto, a través de esta correspondencia, a través de estas evocaciones. Que donde quiera que se encuentren ahora, nos guíen y protejan para el resto de nuestras vidas.


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Reykjavík

Quedé de verme con Lucía para comer, ella recién había vuelto de Islandia y un miembro de su familia, quizá su padre tiempo atrás, colocó sin avisárselo una maleta repleta de libros en la parte alta de su clóset. Entonces ella buscaba la forma de acomodar su maletín recién desocupado del viaje, cuando de pronto le cayó el bulto encima. Por supuesto que se lastimó, pero lo más increíble fue que no me dijera nada. Hacía casi un mes que no nos veíamos y ese sería nuestro reencuentro, así que llegué al restaurante italiano y ahí estaba, tan increíblemente bella como siempre. Yo sin saberlo, había arrinconado ya el recuerdo del efecto de su rostro, que era capaz de colmar mis necesidades estéticas en tan solo un instante.

Ay, te rasuraste, me dijo un poco como por reproche sin levantarse de su silla para saludar ...te ves bien, agregó después como disculpándose por lo que acababa de decir. La besé y ocupé el lugar justo enfrente. Tomé sus manos y le pedí que me contara todo sobre su viaje. Escuché atentamente mientras comíamos, historias de vikingos, de grupos que migraron con sus esclavos, sobre la ciudad de colores fríos, pequeña y tranquila, que es Reykjavík, de los múltiples surtidores de aguas termales que incluso llegan hasta las bañeras de las casas, del sol de media noche, que es un día perpetuo de una luz grisácea, de cómo ella se extravió en el camino hacia la costa sur buscando la playa, de un buen día junto a las cascadas que visitó en su última parada, porque pudo ver desde allí un arcoíris muy claro.

Tú qué hiciste, preguntó después. Perderse en Islandia sonaba desolador, me quedé pensando mientras miraba cómo limpiaban la mesa donde acabábamos de comer. ¿Alguna otra cosa más que deseen? Preguntó el mesero. No, muchas gracias, todo estuvo delicioso. Yo no hice nada nuevo, lo mismo de siempre, dije levantando el rostro para mirarla. Estuve leyendo, recogí unas palabras de hace más de treinta años, es un poema que después convirtieron en una canción en la década de los ochenta, no sé quién es el autor. Sacando mi libreta de notas leí en voz alta:

El sol está en lo alto y estoy rodeado de arena
tan lejos como mis ojos pueden ver.
Estoy postrado en la mecedora
con una cobija sobre las piernas.
Soy un extraño para mí mismo
y nadie sabe que estoy aquí.

Cuando miré mi rostro
no fui yo a quien vi,
si no a quien he tratado de ser.
Ahora pienso en cosas que hubiera preferido olvidar.
Me asfixio hasta la muerte en un sol que nunca cesa de brillar.
Atasco mi mente con una pena perpetua,
y he convertido a todos mis amigos en mis enemigos,
y ahora el pasado ha vuelto para apoderarse de mí.

Me espanta dios y me espanta el infierno
y ahora taladro hacia el interior de mí mismo
¿Cómo alguien podría conocerme,
cuando no he llegado a conocerme a mí?

Un breve silencio acompañó su rostro mientras como por reflejo se mordía los nudillos de la mano derecha, pensando quizá lo que acababa de escuchar. Es desolador, respondió finalmente. Sí, lo es, pero me gusta, le contesté. Te imagino un poco allí, como si pudiera verte de viejito, me habló bañándome con los ojos llenos de ternura. ¿Tú crees? Si, en tu silla mecedora, contemplando y recordando. Mirando la pared tal vez, dije. Falta mucho aún, somos jóvenes, respondió ella. Yo no tanto, tú eres un retoño, guapa. Y entonces pedí la cuenta.

Oye, necesito decirte una cosa, adelantó cuando yo estaba a punto de levantarme después de haber pagado. ¿De qué se trata? Fue allí cuando me describió todo el evento de la maleta cayendo encima de su cuerpo, de cómo jamás se imaginó que algo así podría suceder, de cómo odió a su padre por cometer esa gran tontería, de cómo permaneció largo rato tirada bajo la presión de semejante contenido, del dolor que tuvo que soportar sobre su endeble organismo. ¿Pero estás bien verdad? Sí, estoy bien, sólo no puedo caminar.

Estás bromeando. No, hablo en serio. ¿Cómo llegaste hasta aquí entonces? Mi padre me trajo. Pero dónde está él, respondí algo alarmado ya, volteando a las mesas contiguas. Le pedí que se fuera, que me dejara aquí sentada; pero que se fuera. ¿Y se fue? Sí, le rogué que lo hiciera. ¿Qué hubiera sucedido si yo no llegaba? Yo sabía que llegarías. Estás bromeando, insistí para presionarla. ¡Ya, Julián! No me hagas entristecer, te estoy diciendo la verdad, dijo cerrando los ojos y tragando saliva. Está bien, tranquila. Traeré un taxi hasta la entrada del restaurante y te cargo, ¿está bien? ¿Te parece bien? Nos llevará a mi casa en pocos minutos. Mi casa se encontraba a tan solo cinco calles del lugar, Lucía y yo solíamos pasar los fines de semana juntos.
          
No, quiero caminar. Pero ¿puedes? Y entonces miré cómo con dificultad trataba de ponerse en pie tambaleándose abruptamente mientras se sostenía con sus delgados brazos sobre la mesa. Me acerqué de inmediato para sujetarla, dispuesto ya a realizar todo lo que ella me pidiera sin oponerme. Para entonces un par de meseros se habían aproximado hasta nosotros, sugiriendo ayudar en todo lo que estuviera a su alcance.
          
Estamos bien, muchas gracias, algo apenado me negué a recibir la ayuda y recogiendo la bolsa junto a la chalina, ceñí a Lucía por la cintura y comenzamos a andar muy lento, hasta que logramos salir del restaurante. En mi mente y en mi sentir no había otro lugar al que pudiéramos ir que no fuera mi casa. Su padre se había atrevido a dejarla allí en su estado, quizá con un gran remordimiento por haber sido el causante del accidente. Yo quería cuidar de ella, ahora más que nunca. ¿Estás segura de que no quieres tomar un taxi?... pensé, pero no me atreví a abrir la boca.
          
Después de mantenerse sobre sus dos piernas le solté la cintura y comenzó a dar un ligero y lánguido paso, sostenida solo sobre mi brazo izquierdo. En ningún momento Lucía volteó los ojos hacia los míos, solo prestaba atención a sus pies con un esmero inusitado, sujetándose a mí firmemente con ambos brazos.
          
El trayecto a casa fue eterno, desde luego, y a cada paso mi corazón se rompía más. Me estás fragmentando el alma... No me atreví a pronunciar palabra alguna, y con los ojos seguía hacia donde se dirigían los de ella, como ayudándola con mi visión, colocada sobre sus zapatos apenas atados, ayudándola así a dar cada uno de esos insólitos pasos. Me pareció entrar a una burbuja de cristal donde el exterior no nos alcanzaba, una burbuja sorda, ahogada; éramos Lucía y Julián caminando en la eternidad sobre el espacio, respirando con cautela, parando a ratos, solo para volver a caminar.
          
Después de una cuadra ya éramos viejos, y seguíamos andando. Llevar a mi mujer a casa; esa era la única finalidad. Recostarla sobre la cama. Llevar a mi mujer a casa, quitarle los zapatos, darle algo refrescante de beber. De ahora en adelante viviría conmigo, ya no permitiría que su padre se la llevara. La vería envejecer de verdad, la miraría dormir, me sentaría sobre la mecedora si acaso se marchara. Llevar a mi mujer a casa. Un paso después del otro, espera, aquí hay una piedra, aguarda, el pavimento está cuarteado, deja, que quiero cargarte.

Cita: La autarquía (Ojalá fuera posible quitarse el hambre frotándose el vientre)

[La anécdota de Diógenes masturbándose en el ágora es uno de los mejores ejemplos para mostrar uno de los principios fundamentales del cinismo: la autarquía. No olvidemos que “uno de los principales pilares en los que se asienta este ideal del sabio helenístico es la noción de autarquía, al considerarse que el individuo, por sí mismo, es capaz de alcanzar la felicidad sean cuales sean las circunstancias externas que le rodean”, explica José Antonio Cuesta en Ecocinismos, uno de los mejores libros en español sobre esta incomprendida escuela. 

“La masturbación –escribe el autor– es un símbolo inequívoco de autarquía, ya que cumple la satisfacción de una necesidad sin tener que recurrir a ningún «agente» externo. El paroxismo del ideal de autarquía queda plasmado en la réplica que Diógenes da a quienes le reprochan su masturbación pública; “si frotándose el vientre se calmara el hambre como se calma el deseo sexual, se solucionarían muchos de los peores males que afectan al ser humano”. 

Y continúa: “La desvergüenza se manifiesta en el hecho de que la masturbación se produce en el ágora, el lugar público por excelencia, además de centro de reunión del gremio filosófico”. De lo que se puede deducir, pues, “que al masturbarse en el lugar en el que se filosofa, Diógenes está filosofando con la masturbación, defendiendo la autosuficiencia y la inocencia de un acto natural frente a los tabúes y eufemismos de la civilización”. 

Pero de todas las anécdotas de Diógenes, la que más trascendencia ha tenido en la historia del pensamiento es la del día en que Diógenes estaba tomando el sol y se presentó el emperador Alejandro Magno. Este le dijo: “Pídeme lo que quieras”. El filósofo le respondió: “Que no me hagas sombra”. Sloterdijk nos recuerda que “esta es la anécdota más conocida referida a un filósofo de la Antigüedad clásica, y no sin razón. Demuestra de un solo golpe lo que la Antigüedad entiende bajo el concepto de sabiduría filosófica: no tanto un saber teórico cuanto, más bien, un espíritu insobornable”.]

Gabriel Arnaiz

Perry Ellis en el Café de altura

El día que Elena se dio cuenta que semejante cosa era posible, rondaba el parque distraída como cualquier persona común y corriente. Caminar sin sentido por las calles de su colonia se había convertido en una afición poco común. A sus diecinueve años no tenía las mismas aspiraciones que cualquiera de sus coetáneas, había sido relegada por sus compañeros de escuela al ser demasiado callada, excesivamente tímida y exageradamente obstinada. En efecto, la negación era su respuesta favorita para cualquier cosa.

Casi sin pensarlo, se introdujo al Café de altura como habitualmente habría hecho para obtener su preferido mokaccino. El café estaba ubicado sobre otro negocio y para llegar a él, era necesario subir una veintena de escalones. Ya dentro notó que la fila para ordenar era larguísima. Dudó si sería mejor salir del lugar, volver a su rondín, o incluso marcharse a casa, pero justo en ese instante se dio cuenta de que su vejiga tenía la cantidad necesaria de contenido desde hacía un buen rato, así que inevitablemente prefirió el camino al baño. Después de atravesar algunas mesas del fondo, se encontró ante un par de puertas de madera sobre las cuales descansaban colgados los respectivos distintivos entre los baños de las damas, y el de los caballeros.

Tomó la manija para corroborar si alguien se encontraba allí, lentamente la giró a modo de prueba sabiendo que si cedía significaría que nadie la había cerrado por dentro, y por lo tanto podría rápidamente deshacerse de la creciente acumulación de orina. La manija cedió y Elena adelantó un paso al frente solo para escuchar un apagado grito proveniente del interior ¡Está ocupado! Gimió una mujer que se levantó del asiento y cubriéndose con una mano los genitales, empujó con la otra la puerta.

Después de retroceder, se sintió algo apenada por haber mirado sin querer, pero notó también que dicha imagen había puesto en su cuerpo una creciente elevación de temperatura. Sus piernas habían comenzado a generar calor, un calor proveniente de su interior. Sus mejillas gradualmente comenzaron a ruborizarse, sus piernas perdían poco a poco la fuerza, sus orejas se colorearon también; era una mezcla entre vergüenza, deseo y ganas de orinar. Tengo ganas, tengo ganas, se dijo como reiterando lo que su cuerpo ya manifestaba efusivamente. Qué estúpida esta vieja que no le puso seguro a la puerta, ¿por qué no sale si ya me vio?

Para su suerte, alrededor no había nadie más esperando los baños y quizá no tendría que esperar tanto. Todas las personas que no ocupaban las mesas, esperaban formados en la fila de la caja para ordenar, o para pagar sus respectivas bebidas. Así fue que Elena, después de barrer con los ojos el lugar, giró la manija del baño de los hombres y se adentró lo más velozmente que pudo para descargar su vejiga. Tomó asiento y sin el menor esfuerzo, un chorro ininterrumpido golpeó apresuradamente la pared interna de la taza creando un sonido agudo y casi violento. ¡Mierda! se dijo un instante después, sin poder levantarse, ¡el seguro! Y justo en ese momento se escuchó el excusado contiguo activarse. ¡Carajo! ahora el de mujeres está vacío y yo aquí, pensó mientras escuchaba el sonido de su propia orina interminable. Lo más probable es que alguien venga a mear y me encuentre aquí abierta de piernas sin poderme controlar. Elena continuaba orinando. Pero nadie se acercaba siquiera a la puerta de los baños.

Poco a poco recobró la compostura y su cuerpo se relajó. Cerró los ojos y se sintió como en ninguna otra parte de su pequeño universo, percibió en su interior como si las cosas se hubieran detenido, como jamás se había sentido nunca. Sentada aún con los calzones en los tobillos y la falda arremangada, había dejado de orinar. Libre de la última gota, no le importó haber irrumpido en un lugar que sabía no le correspondía, en una emergencia cualquiera hubiera hecho lo mismo, se consoló. Entonces supo que su rondín del día estaba terminado, que había llegado a su destino, era el baño de los hombres en el Café de altura.

Sin prisa alguna y aún sentada se recargó sobre el depósito de agua a pesar de estar un poco frío e incómodo. Cerro los ojos e imaginó que algún “caballero” se atrevería a abrir en cualquier momento la puerta y mirarle el sexo expuesto. La imagen de ella entrando al baño, encontrándose a sí misma semidesnuda, fue suficiente para encender su deseo, el deseo de tocarse allí mismo. Existía ya un nuevo elemento que la incitaba más allá de lo normal, la manija sin seguro arrojaba el ingrediente perfecto, dejando una nueva posibilidad al azar. Lentamente comenzó a sobar su clítoris expuesto al aire, con los dedos índice y medio lo sujetó, para después sin soltarlo hacer una ligera presión hacia su pelvis y comenzar a girar en el sentido de las manecillas del reloj.

Ya en el parque lo había intentado alguna vez, los vagabundos que allí rondaban comenzaban a mirarla con sospecha pero eso no era un problema para ella, con gusto incluso habría levantado la mochila y la falda que escondía su mano para que alguno de ellos corroborara sorprendido lo que había imaginado. El problema era que una vez descubierta, Elena perdía total interés en el asunto, tomaba sus cosas y se iba como si nada a casa. Ahora, a sabiendas que en cualquier momento la puerta sin seguro se abriría, había un incentivo extra que la llenaba de alegría y gozo, el momento se prolongaba indefinidamente o que quizá no ocurriría, procurándole así la posibilidad de concluir su tarea en un estado de excitación elevado.

Mientras ella se masturbaba en el baño de los hombres, uno de los clientes dejó su bebida sobre la mesa junto al periódico que leía, y se levantó. Justo cuando cruzaba el punto medio del lugar, Elena tuvo un orgasmo sobre el excusado, un orgasmo como ninguno, un orgasmo que la fulminaba, recargada sobre la caja de la taza, casi extasiada. Javier, como se llamaba él, tendría unos cincuenta y tantos años de edad, iba vestido como motociclista, con chamarra de cuero y pantalones negros deslavados y rotos. Abrió la puerta y la encontró allí, desfallecida. Un instante antes de que la puerta se abriera, Elena aún movía su mano derecha, giraba muy lentamente como meciéndose a ritmo de una canción de cuna.
            
Javier tuvo la impresión de que se había equivocado, pero cuando corroboró el letrero sobre la puerta y abrió de nuevo mirando atónito aquel paisaje de belleza absoluta, tuvo una inyección de adrenalina instantánea. Sintiendo una sorpresa tal, Javier se dejó llevar por el creciente júbilo interior, y algo parecido a un exacerbado morbo lo condujo hacia el interior del baño. Tras presionar el seguro detrás de sí, dudó un poco de lo que estaba a punto de hacer. Se dijo a sí mismo sabiendo que mentía, que la razón de haber entrado al baño era saber si la chica aquella se encontraba bien. Si... eso diría en caso de que alguien lo descubriera, pero... ¿se encontraba bien? Se preguntó. Elena se hallaba en el puente entre la vigilia y el sueño.
            
Como atraído por un imán, Javier se acuclilló y clavó la mirada en la zarza abierta aún, roja y lúbrica. A su edad había contemplado ya todo por ver respecto a la desnudez de una mujer, pero jamás había visto algo semejante, y mucho menos en aquel lugar. Comenzó a olfatear lentamente, acercando poco a poco el rostro entre sus piernas. Para entonces escuchó cómo la chica respiraba lenta y apaciblemente. Sus manos comenzaron a temblar de nerviosismo, su corazón latía apresuradamente. Podía percibir un perfume dulce y juvenil, un aroma conocido, Perry Ellis se dijo, pero además de eso, el almizcle de un cuerpo joven emanando de una llaga viva. Sobre el rostro de Javier, radiaba la vida misma.

Un crustáceo flaco y baboso se asomó lentamente por su boca. La mandíbula floja, evidenció nuevamente su nerviosismo. Alargada a su máxima longitud, tocó apenas con la punta de la lengua la frontera entre el orgánico botón erguido aún, y su capuchón. Sus papilas gustativas comenzaron a producir una sensación de revuelo. Todo su cuerpo vibró en un solo movimiento, un cosquilleo como de corriente eléctrica provenía de la chica y llegaba hasta su cerebro. La lengua fija, inmóvil, sobre el mismo punto, servía de puente entre ambos cuerpos, el joven, y viejo. Javier sintió sus pantalones reventar, la parte baja de su pene estaba en contacto directo con el algodón de su ropa interior. Bastaría un ligero roce para hacerlo eyacular.
Fue entonces que Elena tomo plena conciencia de lo que estaba pasando. Levantó el cuello despacio y miró hacia abajo. Javier no tomó cuenta de que esto estuviera ocurriendo, porque su lengua había comenzado a moverse de arriba hacia abajo. Entonces golpearon a la puerta con fuerza. ¡Aquí hay fila!, ¡Ya corta la cuerda! Ambos se sobresaltaron inmediatamente, parecían haber olvidado en dónde se encontraban. A pesar de su atrevimiento, Elena miró con dulzura a Javier y preguntó ¿Cómo te llamas? Él no supo qué contestar y rápidamente se incorporó para colocarse frente al espejo. Se lavó las manos y con las mismas se mojó el rostro repetidas veces. Elena se levantó también y colocándose los calzones salió del baño como si nada hubiera pasado.

Hijo de la chingada, estaba cogiendo aquí en el baño, dijo un tipo con aspecto de rapero. Y mira con qué morrita el muy cabrón. Javier salió a continuación de igual forma, sin siquiera mirar a quienes esperaban en fila. ¿Cuánto tiempo habría pasado? Se preguntó sin poder responderse, y tomando de su café frío se puso el periódico enfrente tratando de disimular el evento lo más posible.

Pasaron dos semanas para que Javier volviera a ver a Elena por las cercanías del Café de altura. Dudaba que las personas de servicio se hubieran enterado, pero apenas lo veían, él bajaba la mirada y continuaba pidiendo sus bebidas con los ojos anclados al suelo; aún así, no dejaba de ir al café en busca de aquella extraña criatura de la que ahora se sentía completa y absolutamente enamorado.

Su cuerpo se había habituado al recuerdo del aroma aquel, de la textura aquella. Por las noches se masturbaba pensando en Elena, sin siquiera saber su nombre. Hablaba con las personas que conocía de los alrededores, y les preguntaba si habían visto a una chica con esas características. Concentrado, mientras bebía café una vez más, sintió que lo miraban a la distancia. Dejó su mirada en el periódico recién doblado sobre la mesa y se negó a voltear. Por supuesto que algo había de particular en esta mirada, así que Javier tuvo que voltear, pero no pudo ver a nadie mirándolo, la dirección desde donde la sensación provenía, apuntaba a la nuca de un hombre que parecía compartir la mesa con su familia. Volvió al periódico pero sintió una vez más la mirada y esta vez tenía más fuerza. Se preparó para voltear con disimulo y allí estaba, era Elena, acompañada de sus padres.
Javier sintió sus papilas gustativas producir una sensación de revuelo. Todo su cuerpo vibró en un solo movimiento, un cosquilleo como de corriente eléctrica le invadía la lengua, su corazón latía velozmente. De manera un poco torpe se levantó de su lugar, y sin mirar a la mesa donde Elena se encontraba con su familia, se dirigió hacia el baño.
            
¿Quieren ordenar otra cosa? Preguntó amablemente el padre dándole movimiento a sus largos bigotes blancos como de morsa, mientras sonreía a su esposa e hija. No, yo estoy bien, dijo la mujer. No..., yo tampoco dijo Elena como dudando algo. Quizá solo necesito ir un momento al baño. No te tardes nena, espetó su padre cuando ella le daba la espalda ya. En ese instante se detuvo, solo para continuar con su paso hacia los baños. Sus mejillas gradualmente comenzaron a ruborizarse, sus piernas perdían poco a poco la fuerza, sus orejas se colorearon también; era una mezcla entre vergüenza, deseo y ganas de orinar. Serían quizá las cuatro de la tarde. En el café sonaba una canción

She came in through the bathroom window
Protected by a silver spoon

But now she sucks her thumb and wanders
By the banks of her own lagoon

Didn't anybody tell her?
Didn't anybody see?

Agitada pero muy en sí, Elena se introdujo al baño y se aseguró de dejar el botón de la puerta suelto.

Merecedores

Es aterrador que la seguridad de la mayoría de los hombres, consista en su alto grado de ignorancia, y que aquellos otros hombres que han atravesado los umbrales de esa "ignorancia normal" se consideren por tanto un peligro, hombres merecedores de su muerte, no por ellos mismos desde luego; sino a los ojos de aquellos los burlados, Los ignorantes normales. 

Porque como siempre, merece ser condenado aquello que no se comprende, y que tarde o temprano será revelado en la cotidianidad social, primero en uno, después en varios, luego en todos.

Alerta Amarilla

Esta tarde, después de ayudarme a imprimir cuatro juegos de copias, Pamela me comentó que en el edificio de enfrente había muerto una persona, que alguien de servicio le había dicho que desde la azotea se podía ver un cuerpo. Le pedí entonces que subieramos. Se trataba de un trabajador. 

En la parte alta de la construcción que celosamente anunciaba "Diseño exclusivo de Luís Barragán", se podía ver cubierto con una sudadera azul, el cuerpo de un albañil junto a unos castillos inacabados. Se dijo que accidentalmente había sido electrocutado. 

No había llegado el peritaje ni la policía aún. Muy probablemente las varillas alcanzaron los cables del poste desde el tercer piso en construcción haciendo tierra y permitiendo el fluir de la energía eléctrica, el hombre no llevaba guantes. Una muerte fulminante e instantánea. La chica de la limpieza dijo que ella y Marta pudieron verlo antes de que lo cubrieran, que su rostro estaba quemado a nivel de las sienes y la frente. 

Esa debe de ser una muerte incomprensible para aquel que la experimenta, un súbito tirón prolongado hasta la ruptura de los umbrales del dolor. Acompañado de una pequeñísima, diminuta e inasible duda, de aquello que está sucediendo; en el mejor de los casos. Después, solo la reacción corporal, lejos ya de la consciencia, los ojos saltados, la lengua de fuera, el esfínter vencido, etc. Por supuesto, los deudos, la familia, eso siempre es lo más doloroso.

Respeto para todos aquellos que han cruzado la línea hoy. 

Anillo de cobre

Alguna vez me crucé por la calle con un extraño o extraña que inmediatamente atrajo mi mirada, no por que fuera su apariencia demasiado llamativa sino por un simple acto fortuito de miradas divagantes. Y ha resultado que esa misma persona vuelve a aparecer unas calles más adelante una vez alcanzado mi destino que era también el suyo a pesar de que llevábamos caminos totalmente opuestos y en su rostro puedo percibir la misma sorpresa casual de habernos encontrado de nuevo. 

Bien, pues lo que aquí cuento no compete a la relación entre las personas, sino a la relación de las personas con los objetos, que es incluso más extraordinaria, sin dejar de ser completamente casual. Hace algunos años ya, portaba gustoso un anillo de cobre el cual adquirí en uno de esos tianguis “culturales” de nuestras ciudades mexicanas. Después de cierto tiempo, descubrí que el anillo de cobre había dejado una mancha verdosa sobre la piel de mi dedo. Me gustaba a tal grado, que decidí barnizarlo por dentro para evitarme la pena de tirarlo. Solía barnizarlo habitualmente más o menos una vez cada mes, hasta que una tarde, con todo dispuesto, tomé el anillo y la pequeña brocha con muchísimo cuidado para no barnizarme la piel y entonces... escuché la una voz que desde mi oído me decía: 

-Date un brochazo en el dedo... 

Al principió no lo creí porque no había nadie, absolutamente nadie a mi alrededor en el cuarto. -Exacerbada imaginación la mía- me justifiqué, para después escuchar nuevamente:

-Anda, con una sola gota basta...

Atribuí inmediatamente "la voz" al anillo, por supuesto, al mismo anillo que yo sostenía entre los dedos de la mano izquierda mientras que con la derecha estaba a punto de barnizarlo. Como es lógico, no presté atención a la voz del anillo y continué con mi tarea hasta que accidentalmente, y por el nerviosismo mismo sumado a un ligero temblor de manos, conseguí darme un bochazo sin querer, sobre la falange de uno de los dedos. Justo en ese momento sentí la rabia aproximarse, por haber ocurrido exactamente lo que no deseaba, pero muy rápido desapareció  el sentimiento.

Después de haber fallado, y haberme pintado el dedo, mis nervios se disiparon. Mi pulso se neutralizó, así pude sin mayor problema continuar y terminar mi tarea incluso con gusto, con cierta inusitada libertad, pues ya había fallado, no había peor escenario. Comprendí entonces aquello que trataba de comunicarme el anillo desde un principio: la necesidad de los sacrificios, la ruptura adecuada de la precisión, la posibilidad de los errores controlados.

La primavera llega con dificultad

Esta tarde mientras salía de casa rumbo al centro, en el panteón del pueblo un grupo de personas cantaban acompañados por mariachis una canción bien conocida. Afuera un vehículo de la funeraria esperaba estacionado. Sobre el piso de la camioneta blanca se podían ver algunos pétalos de varias flores regados indistintamente. 

"Yo se bien que estoy afuera,
Pero el día que yo me muera
Se que tendrás que llorar 
Llorar y llorar
Llorar y llorar 
Dirás que no me quisiste 
Pero vas a estar muy triste 
Y así te vas a quedar"

Después, mientras esperaba a que cambiara la luz del semáforo ya en la avenida, descubrí que una chica parecía mirarme detrás de sus lentes oscuros. ¿Me miras o no me miras? Su rostro apuntaba directamente hacia mi y no se movía. No me mira, pensé, el semáforo no cambiaba. Cierta incomodidad me hizo pensar que era invidente. Qué triste sería, me dije, y la luz cambió. Comencé a cruzar la calle y una voz me instó a mirar una falda traslúcida color magenta -Mira, dijo, miré y entonces supe que la primavera ya estaba aquí.

¿Cuantos cuerpos habrán dejado de vivir en este invierno?, ¿Cuantos otros habrán nacido? ¿Cuantos lograron vivir un año más y pueden ahora, igual que yo, gozar de este renovado calor, de esta nueva vuelta del sol? Pocos son los que antes de morir dejaron una carta pidiendo que les tocaran a José Alfredo, o quizá solo se trata de un gesto fraternal de sus deudos.

Es reconfortante haber dejado el frío atrás, se parece a mirar desde la calle cómo un par de automovilistas atrapados en sus vehículos permanecen emberrinchados uno con otro por no permitirse el paso, o equivale a sentirse aliviado y compadecer al par de novios discutiendo en la calle, amargados sin saberlo, esperando a cuentagotas un poco de amor del otro. 

Transitando por la glorieta del metro Insurgentes se me ocurrió que sería bastante asediada una página que llevara el dominio www.gordasylesbianas.com, y a la altura de Av. Reforma, después de una ardua reflexión sobre lo que esta sociedad podría de verdad enseñarme, otra página se pintó ante mis ojos www.comoenriquecerceilícitamente.com

Las melodías mueren después de las letras, justo me parece anticuada y desacorde la letra de una canción noventera, que sin embargo tiene aún esa esencia que no se traduce a los fenómenos sociales, pero sí a los naturales: 

En mi pequeña ciudad
el portero de una casa 
tararea sin parar 
una canción que ni él conoce
mientras veo gente pasar. 
Gente tan corriente 
tan hermosa, tan normal 
que es difícil de encontrar. 

La Primavera
llega con dificultad
pero huele a hierba
y en las aceras
puede sentirse.
Hay un cierto olor
un cierto olor a amor
Hay un cierto olor a amor
en la ciudad.

Después del trabajo
el actor divierte a su mujer 
con los mismos viejos chistes
pero ella ríe una y otra vez. 
Salgo a pasear
soy raptado por una niña 
que quiere jugar
y yo sonrío al verla andar
La primavera 
llega con dificultad.

Ideas liberales

-Él era un hombre de ideas liberales... Dice una mujer en voz alta, la escucho desde la mesa contigua sin poder evitarlo. -...pero únicamente en cuanto al progreso- Agrega, haciendo reír a todos sus acompañantes. 

..."Las ideas liberales conciernen a todos y a cada una de las áreas del espectro humano, a pesar de que esto suene romántico en el sentido de tratar sin nunca conseguirlo de verdad, asir nuestra propia libertad"...

Aterriza esta idea en mí sin siquiera esperarlo, porque salta primero como una sensación en mi cuerpo y después rebota invariablemente a mi cabeza, en forma de palabras, bajo el sonido de una voz. Su eco no hace mucho ruido sin embargo y poco a poco se disuelve en el aire hasta perderse.

A mi sentir, los escritores aparentan dulzura, emanan cierta ternura y en contraste, producen gran y verdadera lástima. Victor hizo una crítica puntual, Daniela argumentaba a su favor en defensa de una escena fallida después de exponer al grupo el relato que había creado. Era sábado, casi las cuatro de la tarde. Café Katsina. 

"...This is the way it has to be darling 
Not because of the existence of Fate
But because it is our decision..."

Una canción desconocida sonaba así sin demasiada presencia. La instrumentación sin embargo, creaba una atmósfera acogedora, algunas notas de un sintetizador acompañaban los suaves acordes de un ukelele. Quizá lo único malo eran los contrastes de volumen, no por el equipo de sonido sino por la pieza misma, una de esas cuestiones de gusto que lo pueden arruinar todo y que marcan la verdadera diferencia entre los artistas.

Moví la cabeza cuando sentí que los del grupo literario advertían que mi atención estaba concentrada en su mesa.

-Poco a poco voy comprendiendo con más claridad qué es lo que quiero, en varios sentidos, porque tampoco puedo dejar de ser quien soy o dejar de hacer lo que hago. 
Comenzó su discurso mi acompañante, algo inquieta para luego detenerse y agregar con un auténtico gesto de confusión, o quizá de inesperada reflexión en el rostro. -Espera, ésta última posibilidad es completamente optativa... la de dejar de hacer lo que hago... en otras palabras pertenece al terreno de la voluntad pues, aunque hay niveles... supongo. 

La vi perderse un rato con la mirada sin parpadear en dirección del ventanal. Después continuó.
-A fin de cuentas, y tú lo sabes y es por eso que te quiero también, que no hay mejor inversión que la inversión en uno mismo. 

Y así como impelida por un ánimo distinto, muy inherente a su personalidad (rasgo que ella conocía bien, o quizá no) se levantó haciendo tambalear ligeramente la mesa y con eso temí que las tazas se volcaran sobre mí. Sin valorar si su actitud me seguía pareciendo incomprensible o no, hizo lo que algún día le comenté que podría de verdad sacarme de mis casillas, gritó a todo pulmón.

-¡¿A quién le conviene dejar de ser quien eeeeeessssss?!¡¿A quién le conviene dejar de actuar como actúaaaaaa?! ¡Si esas diferencias que pertenecen al mundo individual, personal y privado de cada uno de nosotros, son lo que nos dota de una forma de ser, de ver el mundo, de abordarlo, de actuar en consecuencia al mismo! 
Lloró un poco de manera... no sé si defensiva, o incluso ofensiva, pero se recuperó muy rápidamente. Salió del café sin prisa, pero con resolución. Su impulso no le impidió antes tomar con calma su abrigo rojo del asiento y las llaves de su auto de la mesa. Todos los del grupo literario callaron. Sin moverme de la silla, me dediqué a observarla y ella, con un fingido gesto de arrogancia, me miró con desdén por sobre su hombro antes de cruzar el umbral de la puerta. Bueno, pensé, no siento ya la necesidad de salir de mis casillas, aquí estoy más cómodo. 
-Continúen, por favor, continúen. Dije a los del grupo literario haciendo un gesto como de leve abaniqueo con la mano.