Ratas

-Ya dejen de hablar tonteras por favor.   
-... ay si, ¡es obvio! 
-¡Si!, yo también opino que si fuera una rata me mudaría a la Condesa, la comida del basurero estaría más rica y no tendría que andar mordisqueado cualquier trozo de cartón.
-Bueno, una cosa es ser una rata y otra una cucaracha, pero ¿se acuerdan de esa ratota descarada? aún no lo creo, ¡pasearse por el altar, allí frente al santísimo mientras una trata de concentrarse en su trabajo! que miedo ¿vieron? y eso fue hace dos kilómetros, aquí deben de tener ratas igual de gordas.
-Bueno ya, camínenle. Con naturalidad... Con esa misma naturalidad ¡muestren cuanto aman la vida o cuanto la detestan!. Ya saben, sean ustedes mismas, muéstrense.
-Sí sí, tú y tus dotes teatrales.
-Bueno ya, no me contradigan y cállense.

Las tres jóvenes mujeres entraron a las sombras frescas del templo y persignandose como es debido, se arreglaron los respectivos velos. Se separaron y sentaron muy ordenadamente. Al interior se llevaba acabo una pequeña misa, algunos fieles hacían sus pedidos ante el altar desde distintos puntos del lugar. Momentos después, las mujeres hicieron algunas señas unas a las otras para ponerse en pie al unísono.

-A ver señora una caridad por el amor de Dios Santísimo- Dijo una de ellas, y levantándose la falda con discreción le mostró a la mujer el arma.
-¡Ave María! tenga...- Y le ofrece la bolsa completa.
-No señora, no quiero su horrible bolso, solo déme el dinero ¡pero rápido!
-Usted, no se dé la vuelta o disparo. Dijo otra de ellas mientras esculcaba por todos los bolsillos a otra víctima. 

Lo mismo hizo la tercera cómplice dentro de la iglesia. Entonces se escuchó un grito no esperado seguido de un disparo proveniente de otra parte. La víctima, una mujer que todavía no se había dado cuenta del asalto en la iglesia. 
La gente salió despavorida del lugar tropezando unos contra otros mientras los que aún hincados, trataban de incorporarse. Una de las bancas comenzó a llenarse de sangre a la vez que la mujer asesinada parecía dormir plácidamente sobre su costado izquierdo, a pesar de haber recibido el impacto casi en la coronilla. Nadie se acercó a ella, y a nadie pareció importarle dejarla allí. Las tres mujeres asaltantes fueron las primeras en salir corriendo.

Desde el coro un hombre miraba la escena. Parecía más tranquilo de lo que la situación ameritaba, no se movía en un principio y aparentemente no se había movido desde el inicio del robo. Entonces el hombre levantó los brazos después de ocultar algo en su levita, y comenzó a orar a ojos cerrados.

-Señor, perdónanos. Perdona a estas almas... bien sabes que entre todos los portentos de la naturaleza no hay criatura más prodigiosa, y a la vez más infernal, que el hombre. He esperado este momento toda la vida, te lo agradezco infinitamente-.
Y dando medio paso hacia adelante, el padre dejó su cuerpo caer. Este fue atraído sin fuerzas hacia el vacío. El ruido de los huesos y la piedra fue breve. Convergió entonces la sangre de ambos cuerpos. 

La iglesia quedó vacía, afuera había un gran alboroto, pero dentro aún olía a incienso. El sol resplandecía hacia dentro a través de los vitrales, en el interior se respiraba paz y tranquilidad.

Zopilote

Un zopilote entra caminando al escenario. Con la cabeza a gachas busca un poco de carroña sobre la duela moviéndose cautelosa y tímidamente como si se sintiera observado mientras la luz se concentra en su cuerpo negro y la audiencia lo mira en silencio.

-¡¿Cuál es tu nombre?! Pregunta el Director de la obra mientras permanece sentado con seguridad sobre su silla... El zopilote responde con timidez. A lo que el director contesta: -Me suena familiar, aunque no hay muchos con ese nombre... 

...Si si, ya lo recuerdo, trabajé con un zopilote que llevaba ese mismo mote hace algunos años ya. ¡Era parte de la Asociación Nacional de Teatro, uno de los buenos, Expresa el director. -Ay y cómo le fascinaba la Tragedia... agrega finalmente.

Carcajadas enormes comienzan a surgir desde el escenario en crescendo, el Director se levanta complacido y mirando a su equipo de actores los insta a bailar. Todos realizan un baile sin sentido frente al animal. Chocan uno contra otro, se persiguen, muerden, congregan, abrazan y congelan a la voz del Director. 

El zopilote, algo asustado y nervioso comienza a reír también. Danza elegantemente y mira las reacciones circundantes. Una vez que sabe que tiene la atención de todos, se aproxima al Director y lo rodea. Camina en círculos al rededor de él, en lo que parecen infinitas vueltas, desafía así su autoridad. Ambos entran en una discusión acalorada que tampoco parece conducirlos a ninguna parte mientras los demás actores escuchan atentamente. Al mismo tiempo este dueto hace entender a la audiencia que todo es parte del espectáculo.

El zopilote ríe, ríe y ríe, para después gritar a todo pulmón desde la ventana del edificio, dejando boca abierta al Director por la sonoridad de su graznido. 

A la distancia y desde el parque un hombre que parecía atento al grito contesta con otro alarido enorme, con la variante de que al hacerlo, pronuncia la palabra: ¡¡¡¡GOOOOOOL!!!!

La audiencia Ríe complacida.

Soltando Amarras

Fabiola dice que cada vez que entra en "cierto estado de comodidad" se ve obligada a hacer una transformación intencionada, necesita hacer algo para no volverse cuadrada, floja, aguada. Ahora ella y Carla viven juntas en un lindo departamento en el centro, se mudó con ella para estar cerca de eso que ambas llaman la familia. 

Con cierta violencia ha preguntado ¿Por qué se aferra el viejo a ese lugar? Y el único filósofo en la habitación ha respondido que precisamente ese lugar podría ser una comunidad de primer mundo, pero que de cualquier forma es una mierda, porque ¡la gente allí es una mala mierda!

Entonces pienso en mí, y descubro el arraigo que tengo a la vieja casona y los vecinos de mierda que me acompañan a través del tiempo, de su historia y la mella que sin querer han causado sus sonidos en mi rutina de escapista social.