Sábado por la noche

Cómo disfruto bajar a la sala desierta del departamento, dejando esa escandalosa fiesta de azotea donde con nadie pude tener una conversación de más de medio minuto, divagando de aquí para allá ridículamente y casi con pena, cargando conmigo la esperanza de escuchar algo no escuchado, con avidez de ver algo no visto en los ojos de alguien no conocido.

¿Cómo no sentirme mejor ante un dispositivo móvil ahora que puedo cargar tantos libros de manera digital? un dispositivo que puede ofrecerme historias maravillosas y poner a funcionar mi cabeza de bastantes más formas que la cerveza y un amasijo de canciones trilladas hasta el polvo de los que fueron sus fanáticos en los 60´s y que gustosos murieron atiborrados de cuantas sustancias pudieron consumir. -Soy escritor- me dije con bastante sorpresa. Ese es mi papel, prefiero retraerme, retirarme. Prefiero leer a la gente, gusto de analizar

Si no fuera por Patricio, que necesitaba salir de su encierro, que tarde o temprano lo conduciría a darse un tiro en la cabeza creando un espectáculo bastante repugnante para su familia y para sus amigos, quizá sin duda hubiera faltado a esta fiesta y no por no felicitar a Carlos, sino por esta desazón que me cargo desde hace un par de días.

Últimamente siento que transito en aceite, que a través de mi pecho el aire atraviesa muy pesado, pero mi bicicleta me dice lo contrario -Puedes casi volar...- y lo dice en completo y delicioso silencio, característico de su mecanismo japonés. Viajo con un vaivén musical, sin ofrecer casi nada de fricción al pavimento. Son quizá las doce, es temprano pero no soporté más. Prefiero el viento nocturno en la cara. 

Y he esperado un poco antes de salir, a encontrar a mi hermano que ha venido desde lejos solo para abrazarlo y darle el mensaje de que una chica en la fiesta lo espera. He disuadido a mi amigo de su loca idea de suicidio, no creo que un hombre en bicicleta pueda hacer más por la humanidad un sábado por la noche. 

No tengo sueño pero me dirijo a casa, no dormiré, necesito tirarme en mi estudio, protegido por mis libreros para escuchar lo que alguien, dentro de mi cabeza, ha esperado durante tanto tiempo para decirme.