Reykjavík

Quedé de verme con Lucía para comer, ella recién había vuelto de Islandia y un miembro de su familia, quizá su padre tiempo atrás, colocó sin avisárselo una maleta repleta de libros en la parte alta de su clóset. Entonces ella buscaba la forma de acomodar su maletín recién desocupado del viaje, cuando de pronto le cayó el bulto encima. Por supuesto que se lastimó, pero lo más increíble fue que no me dijera nada. Hacía casi un mes que no nos veíamos y ese sería nuestro reencuentro, así que llegué al restaurante italiano y ahí estaba, tan increíblemente bella como siempre. Yo sin saberlo, había arrinconado ya el recuerdo del efecto de su rostro, que era capaz de colmar mis necesidades estéticas en tan solo un instante.

Ay, te rasuraste, me dijo un poco como por reproche sin levantarse de su silla para saludar ...te ves bien, agregó después como disculpándose por lo que acababa de decir. La besé y ocupé el lugar justo enfrente. Tomé sus manos y le pedí que me contara todo sobre su viaje. Escuché atentamente mientras comíamos, historias de vikingos, de grupos que migraron con sus esclavos, sobre la ciudad de colores fríos, pequeña y tranquila, que es Reykjavík, de los múltiples surtidores de aguas termales que incluso llegan hasta las bañeras de las casas, del sol de media noche, que es un día perpetuo de una luz grisácea, de cómo ella se extravió en el camino hacia la costa sur buscando la playa, de un buen día junto a las cascadas que visitó en su última parada, porque pudo ver desde allí un arcoíris muy claro.

Tú qué hiciste, preguntó después. Perderse en Islandia sonaba desolador, me quedé pensando mientras miraba cómo limpiaban la mesa donde acabábamos de comer. ¿Alguna otra cosa más que deseen? Preguntó el mesero. No, muchas gracias, todo estuvo delicioso. Yo no hice nada nuevo, lo mismo de siempre, dije levantando el rostro para mirarla. Estuve leyendo, recogí unas palabras de hace más de treinta años, es un poema que después convirtieron en una canción en la década de los ochenta, no sé quién es el autor. Sacando mi libreta de notas leí en voz alta:

El sol está en lo alto y estoy rodeado de arena
tan lejos como mis ojos pueden ver.
Estoy postrado en la mecedora
con una cobija sobre las piernas.
Soy un extraño para mí mismo
y nadie sabe que estoy aquí.

Cuando miré mi rostro
no fui yo a quien vi,
si no a quien he tratado de ser.
Ahora pienso en cosas que hubiera preferido olvidar.
Me asfixio hasta la muerte en un sol que nunca cesa de brillar.
Atasco mi mente con una pena perpetua,
y he convertido a todos mis amigos en mis enemigos,
y ahora el pasado ha vuelto para apoderarse de mí.

Me espanta dios y me espanta el infierno
y ahora taladro hacia el interior de mí mismo
¿Cómo alguien podría conocerme,
cuando no he llegado a conocerme a mí?

Un breve silencio acompañó su rostro mientras como por reflejo se mordía los nudillos de la mano derecha, pensando quizá lo que acababa de escuchar. Es desolador, respondió finalmente. Sí, lo es, pero me gusta, le contesté. Te imagino un poco allí, como si pudiera verte de viejito, me habló bañándome con los ojos llenos de ternura. ¿Tú crees? Si, en tu silla mecedora, contemplando y recordando. Mirando la pared tal vez, dije. Falta mucho aún, somos jóvenes, respondió ella. Yo no tanto, tú eres un retoño, guapa. Y entonces pedí la cuenta.

Oye, necesito decirte una cosa, adelantó cuando yo estaba a punto de levantarme después de haber pagado. ¿De qué se trata? Fue allí cuando me describió todo el evento de la maleta cayendo encima de su cuerpo, de cómo jamás se imaginó que algo así podría suceder, de cómo odió a su padre por cometer esa gran tontería, de cómo permaneció largo rato tirada bajo la presión de semejante contenido, del dolor que tuvo que soportar sobre su endeble organismo. ¿Pero estás bien verdad? Sí, estoy bien, sólo no puedo caminar.

Estás bromeando. No, hablo en serio. ¿Cómo llegaste hasta aquí entonces? Mi padre me trajo. Pero dónde está él, respondí algo alarmado ya, volteando a las mesas contiguas. Le pedí que se fuera, que me dejara aquí sentada; pero que se fuera. ¿Y se fue? Sí, le rogué que lo hiciera. ¿Qué hubiera sucedido si yo no llegaba? Yo sabía que llegarías. Estás bromeando, insistí para presionarla. ¡Ya, Julián! No me hagas entristecer, te estoy diciendo la verdad, dijo cerrando los ojos y tragando saliva. Está bien, tranquila. Traeré un taxi hasta la entrada del restaurante y te cargo, ¿está bien? ¿Te parece bien? Nos llevará a mi casa en pocos minutos. Mi casa se encontraba a tan solo cinco calles del lugar, Lucía y yo solíamos pasar los fines de semana juntos.
          
No, quiero caminar. Pero ¿puedes? Y entonces miré cómo con dificultad trataba de ponerse en pie tambaleándose abruptamente mientras se sostenía con sus delgados brazos sobre la mesa. Me acerqué de inmediato para sujetarla, dispuesto ya a realizar todo lo que ella me pidiera sin oponerme. Para entonces un par de meseros se habían aproximado hasta nosotros, sugiriendo ayudar en todo lo que estuviera a su alcance.
          
Estamos bien, muchas gracias, algo apenado me negué a recibir la ayuda y recogiendo la bolsa junto a la chalina, ceñí a Lucía por la cintura y comenzamos a andar muy lento, hasta que logramos salir del restaurante. En mi mente y en mi sentir no había otro lugar al que pudiéramos ir que no fuera mi casa. Su padre se había atrevido a dejarla allí en su estado, quizá con un gran remordimiento por haber sido el causante del accidente. Yo quería cuidar de ella, ahora más que nunca. ¿Estás segura de que no quieres tomar un taxi?... pensé, pero no me atreví a abrir la boca.
          
Después de mantenerse sobre sus dos piernas le solté la cintura y comenzó a dar un ligero y lánguido paso, sostenida solo sobre mi brazo izquierdo. En ningún momento Lucía volteó los ojos hacia los míos, solo prestaba atención a sus pies con un esmero inusitado, sujetándose a mí firmemente con ambos brazos.
          
El trayecto a casa fue eterno, desde luego, y a cada paso mi corazón se rompía más. Me estás fragmentando el alma... No me atreví a pronunciar palabra alguna, y con los ojos seguía hacia donde se dirigían los de ella, como ayudándola con mi visión, colocada sobre sus zapatos apenas atados, ayudándola así a dar cada uno de esos insólitos pasos. Me pareció entrar a una burbuja de cristal donde el exterior no nos alcanzaba, una burbuja sorda, ahogada; éramos Lucía y Julián caminando en la eternidad sobre el espacio, respirando con cautela, parando a ratos, solo para volver a caminar.
          
Después de una cuadra ya éramos viejos, y seguíamos andando. Llevar a mi mujer a casa; esa era la única finalidad. Recostarla sobre la cama. Llevar a mi mujer a casa, quitarle los zapatos, darle algo refrescante de beber. De ahora en adelante viviría conmigo, ya no permitiría que su padre se la llevara. La vería envejecer de verdad, la miraría dormir, me sentaría sobre la mecedora si acaso se marchara. Llevar a mi mujer a casa. Un paso después del otro, espera, aquí hay una piedra, aguarda, el pavimento está cuarteado, deja, que quiero cargarte.

Cita: La autarquía (Ojalá fuera posible quitarse el hambre frotándose el vientre)

[La anécdota de Diógenes masturbándose en el ágora es uno de los mejores ejemplos para mostrar uno de los principios fundamentales del cinismo: la autarquía. No olvidemos que “uno de los principales pilares en los que se asienta este ideal del sabio helenístico es la noción de autarquía, al considerarse que el individuo, por sí mismo, es capaz de alcanzar la felicidad sean cuales sean las circunstancias externas que le rodean”, explica José Antonio Cuesta en Ecocinismos, uno de los mejores libros en español sobre esta incomprendida escuela. 

“La masturbación –escribe el autor– es un símbolo inequívoco de autarquía, ya que cumple la satisfacción de una necesidad sin tener que recurrir a ningún «agente» externo. El paroxismo del ideal de autarquía queda plasmado en la réplica que Diógenes da a quienes le reprochan su masturbación pública; “si frotándose el vientre se calmara el hambre como se calma el deseo sexual, se solucionarían muchos de los peores males que afectan al ser humano”. 

Y continúa: “La desvergüenza se manifiesta en el hecho de que la masturbación se produce en el ágora, el lugar público por excelencia, además de centro de reunión del gremio filosófico”. De lo que se puede deducir, pues, “que al masturbarse en el lugar en el que se filosofa, Diógenes está filosofando con la masturbación, defendiendo la autosuficiencia y la inocencia de un acto natural frente a los tabúes y eufemismos de la civilización”. 

Pero de todas las anécdotas de Diógenes, la que más trascendencia ha tenido en la historia del pensamiento es la del día en que Diógenes estaba tomando el sol y se presentó el emperador Alejandro Magno. Este le dijo: “Pídeme lo que quieras”. El filósofo le respondió: “Que no me hagas sombra”. Sloterdijk nos recuerda que “esta es la anécdota más conocida referida a un filósofo de la Antigüedad clásica, y no sin razón. Demuestra de un solo golpe lo que la Antigüedad entiende bajo el concepto de sabiduría filosófica: no tanto un saber teórico cuanto, más bien, un espíritu insobornable”.]

Gabriel Arnaiz