Down to México (Trisomía del par 21)

La empleada se acercó con cierta cautela. 

—Doctor –expresó en voz baja– aquí tiene los documentos impresos que solicitó –dijo, sin recibir respuesta alguna. 

Eduardo estaba absorto leyendo un correo electrónico que un colega le había mandado unos minutos antes. 

—Doctor –repitió la secretaria.
—Sí, gracias –dijo él sin mirar.

La ayudante dejó los papeles sobre el escritorio y tratando de hacer el menor ruido posible, salió de la oficina cerrando la puerta con cautela.
      
El hospital había sido finalmente remodelado, el techo y las paredes eran nuevos, las camas ya contaban con barandales para que los bebés recién nacidos no se cayeran. Se habían instalado también divisiones para darle privacidad a las madres que no hacía mucho habían parido. Nada de esto ocupaba la mente del especialista en ginecología y obstetricia, estaba habituado a trabajar en esas condiciones. Lo que ocupaba su mente eran los recientes acontecimientos suscitados en su área, y en los mismos departamentos de varios hospitales de la ciudad.

—Isabel, averigua si el doctor Palacios ya está en su oficina por favor –dijo después de levantar el auricular dando así una nueva orden a su secretaria. 
—Por supuesto –respondió ella. 

Un minuto después le confirmo que el director del hospital se encontraba ya en su despacho. Eduardo dejó la computadora, tomó el folder y se dirigió inmediatamente al quinto piso.

—¿Qué es lo que te preocupa? –preguntó Palacios una vez que Eduardo entró en su oficina. 
—Estaba esperando que lo confirmaran con el deseo de que no fuera cierto —respondió Eduardo consternado– pero al parecer es algo recurrente, y la situación continúa en varios de nuestros hospitales. 
—¿A qué te refieres exactamente? –adelantó Palacios. 
—A que el aumento de recién nacidos con síndrome de Down ha sido multiplicado en una escala inaudita en los últimos tres meses dentro de la taza de natalidad general –contestó con cierta urgencia y nerviosismo Eduardo.
     
—…Ah, es eso –dijo el hombre robusto detrás de su escritorio, y levantándose para mirar a través de la pared de cristal, hacia el tráfico interminable de la ciudad, le dijo sin mirarlo: 
—Eso me tiene sin la menor preocupación, solo puedo decirte que no te conviene inmiscuirte más en el asunto. 
—Pero, tú sabes que algo está terriblemente mal en esto, y por los años de amistad que nos hemos profesado te ruego una explicación si a caso la tienes, ¿la tienes, verdad?.
    
Palacios tardó en responder a su amigo pero finalmente lo hizo condescendiendo al apuro que con claridad podía ver en su rostro. 

—Es una nueva disposición gubernamental. 
—¡Qué! –no pudo evitar exclamar Eduardo– ¿Hablas en serio?. 
—Así es amigo, pero la iniciativa viene desde lo más alto que te puedas imaginar, no nos corresponde inmiscuirnos. 
—¿Desde dónde? –preguntó Eduardo con ansiedad, Pero Palacios ya no respondió.

El obstetra se quedó mirando involuntariamente hacia el suelo y no pudo pronunciar palabra alguna por un momento. 

—Ahora ya lo sabes, y te pido guardar silencio. Debes igualmente disuadir a tus colegas o a cualquier persona que conozcas que no intente saber nada sobre el tema. 
—Pero… ¿Qué-les-dan? –alcanzó a titubear Eduardo. 
—¿Qué les dan a quiénes? –respondió el Doctor Palacios molesto ya. 
—A las futuras madres… 
—No voy a discutir contigo los pormenores de algo que tu profesión puede responder mejor, amigo. Hazme el favor de reanudar tus labores en este momento. 

Eduardo echó a andar poco a poco, dudando cada uno de sus pasos pero sin mirar atrás. Fue justo en el umbral de la puerta que se detuvo cuando escuchó nuevamente la voz de Palacios, que con un tono verdaderamente imperante amenazó:

—Te lo advierto, ni una sola palabra sobre esto, y estoy hablando muy en serio. 

El obstetra caminó sin detenerse a pesar de no estar seguro hacia dónde se dirigía. Primero pensó que sería buena idea salir del hospital, luego le vino a la cabeza que probablemente su equipo lo necesitaría. En el elevador encontró a Isabel quien de inmediato lo abordó. 

—Tellez y Ramírez acaban de asistir dos nuevos partos y todo salió bien doctor… excepto que los niños… 
—¿Los niños? –repitió Eduardo como despertando. 
—Sí, los niños… –siguió la secretaria. 
—¿Ambos?
—Sí, ambos doctor. 
—Bien, asegúrate que los trámites siguientes estén en orden y en seguida te alcanzo. 
—Sí doctor. 

Eduardo abandonó el elevador en el tercer nivel, e Isabel continuó su descenso hasta la planta baja.

«¿Será de verdad posible?» Reflexionaba Eduardo en silencio. ¿Sería ésta una mala broma que le jugaba su amigo, tratando de disuadirlo de algo posiblemente más profundo? 

Javier Palacios, por quien él había llegado a ser quien era ahora, su compañero de vida, su colega universitario, su aliado de la infancia. No. Él no podría estar jugando con algo de esta naturaleza, y por el tono final en el que le había hablado, era seguro que sobre su puesto de director del hospital había algo que superaba todo lazo fraternal. Ahora ambos rondaban los cincuenta años de edad, de no ser por la familia de Javier, Eduardo no habría llegado a ser médico. Durante todo su trayecto los dos se toparon con pequeños resquicios de tipo ético, pero lo que acababa de escuchar era descomunal.

«¿Y si de verdad fuera así?, Si por razones gubernamentales, metódicamente todas las mujeres en espera, recibieran poco a poco un tratamiento tal que derivara sin hacerlo notar, en el nacimiento de un ser discapacitado?, ¿Cómo podría una sociedad beneficiarse de esto? Quizá no se trate únicamente del gobierno». La poca información que acababa de obtener de Palacios era: que consistía en una medida gubernamental, que venía desde lo más alto, y que no era conveniente inmiscuirse. «De continuar así, pronto toda la población de la ciudad, y posteriormente del país, estaría en una enorme desventaja con respecto al mundo entero».

«No», se repetía Eduardo. Pero las estadísticas confirmaban sus sospechas, aquellos documentos que Isabel le había hecho llegar hacía poco, corroboraban sus dudas. Era en la mayoría de los hospitales públicos donde en los últimos meses se mostraba descaradamente el fenómeno. «Reducir las capacidades de las nuevas generaciones, de los próximos habitantes de la nación, una medida de verdad escabrosa, más allá de un régimen militarizado, de cruentas e innecesarias medidas represivas, del derroche presupuestal que las movilizaciones de convoyes suponen para el gobierno, todo aquello solucionaría el hambre por el conocimiento, la necesidad de cultura, el ánimo de todo tipo de desarrollo, porque ahora la población clamaría por volver a la normalidad, añorarían sus simples capacidades básicas y en la obtención de ellas se les iría toda la vida».

«De ser esto así» pensaba Eduardo «el futuro de los ciudadanos sería procurarse unos a los otros en su discapacidad, absteniéndose de pedir algo más a su gobierno que no fueran algunos recintos educativos especiales, lejos de la intelectualidad. Dietas reguladas con medicamentos sedantes, terapias y rutinas. Todo esto libraría finalmente al gobierno de su necesidad de entregar cuentas sobre la clase más necesitada, y posiblemente constituiría su extinción, una desaparición paulatina de la pobreza». 

Entonces, y a modo de respuesta asoció de inmediato, una noticia que había leído recientemente en los periódicos: los nuevos planes educativos habían suprimido todas las carreras científicas y filosóficas de cualquiera de las escuelas, para dar paso a la generación de carreras técnicas, en espera de grupos extranjeros que ocuparan los cargos dirigentes que en otro tiempo desempeñaron los nacionales. Era claro que su país ya no tenía alma propia.

—¡Pero por supuesto! –exclamó Eduardo casi tirando la taza de café, que un mesero le acababa de poner sobre la mesa dentro de la cafetería del hospital. Se puso en pié y se dirigió apresuradamente al primer piso, donde lo esperaban. 
     
—Isabel, necesito por favor un informe detallado del tratamiento vitamínico y hormonal que se da antes de la lactancia a todas las mujeres que tenemos inscritas en el padrón. 
—Sí doctor, con gusto se lo haré llegar. 

Eduardo colgó el teléfono solo para volver a tomarlo una vez que este comenzó a sonar. 

—Perdón doctor, pero todas las especificaciones de los tratamientos vienen en la documentación misma que llega con los fármacos importados. 
—Lo sé Isabel, necesito que hagan un estudio específico sobre cada uno de ellos. 
—Pero eso podría tomarnos días doctor, tendríamos que enviar las muestras al laboratorio químico y esperar. 
—En efecto, eso es justamente lo que quiero. 
—Muy bien, disculpe doctor, solo le recuerdo que este movimiento excede los límites del presupuesto, además del tiempo requerido. 
—Estoy al tanto de eso Isabel, encárgate de que se lleve a cabo lo antes posible. 

El doctor colgó el teléfono sin más.

Pronto la luz del día comenzó a disminuir, Eduardo pensó que éste había sido uno de los más álgidos eventos de toda su carrera. Se retiró la bata, limpió sus lentes antes de volver a colocárselos, tomó su maletín con su computadora portátil y se encaminó exhausto hacia el estacionamiento del hospital, no sin antes dirigir unas palabras a su secretaria.

—Isabel, me voy a casa, por favor que nadie me llame a menos que sea urgente. 
—Está bien doctor, le recuerdo que mañana tiene usted una junta con las autoridades del hospital. 
—¿Cómo?, ¿de qué hablas? 
—Sí, esta tarde después de que mandé la solicitud para las muestras de los fármacos, el Doctor Palacios solicitó verme. En un inicio pensé que era por la cotización de este procedimiento, pero después me enteré que sólo se trataba de recordarle sobre una junta. 
—¿Por qué no me habías informado antes? 
—El mismo doctor Palacios me dijo que se lo había hecho saber doctor, tan solo me pidió que se lo recordara antes de que usted se fuera hoy. Disculpe usted. 
—Está bien, no te preocupes. Gracias Isabel.

En un notorio cambio de ánimo, Eduardo caminó por el pasillo sin despedirse ni ver a nadie más en su departamento. Aprovechó para mirar todo con cierta calma contradictoria, al borde del desmayo, recapacitando sus pasos, como si sintiera que no volvería a pisar ese lugar. Sabía sin duda que lo esperaban ya en el estacionamiento, o quizás afuera de su casa, incluso dentro de su auto. Abordó el ascensor y oprimió la mal gastada y sucia letra "S" que se iluminó en un brillante tono azul eléctrico. 




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